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Archipiélago
Georgia
Octubre 09,2008.
La muerte de Alexander Solzenitsin me llegó mal, como llegan
las noticias en vacaciones, con ese aire de antipáticas
intrusas. El hombre que denunció las atrocidades del
estalinismo, desde el profundo agujero de su propio
archipiélago gulag, moría con los honores de ruso ilustre
que había recuperado pocos años antes, después de haber
sufrido décadas de persecución y exilio. Lúcido hasta el
final, su nuevo estatus en Rusia no le impidió ejercer una
posición crítica con la situación de su país. Escribió, poco
antes de morir: "He pasado de un mundo donde no se puede
decir nada, a un mundo donde se puede decir todo, y no sirve
para nada". Auténtico héroe de la libertad, voz y grito de
los más de 50 millones de rusos que poblaron los temibles
campos de prisioneros soviéticos, Solzenitsin sufrió en
propia carne la indiferencia de la Europa libre, y la
calumnia de sus intelectuales progresistas. Siempre
recordaré el insulto que me profirió un militante del PSUC
cuando me pilló leyendo Un día en la vida de Iván
Denísovich:"¿Cómo lees a este fascista?".
De las muchas miserias que acarrea la intelectualidad de
izquierdas, Solzenitsin concilió en propia carne algunas de
las más ignominiosas, despreciado en su sufrimiento,
criminalizado hasta el delirio, estigmatizado por el simple
hecho de ser una víctima equivocada, en un régimen cuyas
atrocidades no eran reconocidas. El sambenito de agente de
la CIA lo acarreó de por vida, víctima propiciatoria del
maniqueísmo que, desgraciadamente, anuló el pensamiento
autocrítico de la izquierda europea, durante décadas. De
hecho, aún hoy, algunos guardianes del dogma progresista le
niegan el pan, como siempre se lo han negado a los
disidentes de la dictadura castrista. ¿No es un caso
parecido el del poeta y preso político cubano Raúl Rivero?
Aunque si ampliamos el espectro hasta nuestros días, todos
los disidentes de la corrección política continúan sufriendo
esta especie de muerte intelectual, que niega el debate, en
favor de la consigna y el estigma. Léase los críticos al
islam fundamentalista, tildados de islamófobos por los gurús
del buenismo multicultural; o los críticos con el terrorismo
palestino, tildados alegremente de agentes del Mosad;
etcétera. Y esa es la cuestión pertinente, no tanto debatir
los tiempos más duros del dogma de izquierdas, cuando la
intelectualidad se comía sin digerir los sapos de las
dictaduras comunistas, sino analizar si aún continúan
vigentes esas mismas miserias. Desgraciadamente, la invasión
rusa de Georgia nos brinda síntomas que no van en la
dirección optimista.
"La temible alma rusa ha despertado", me espetó un colega,
en referencia al imperialismo que define ancestralmente al
nacionalismo ruso. Aunque los crímenes en Chechenia ya nos
habían aportado un trágico aperitivo. En dos días murieron
miles de georgianos, en unas operaciones militares que ni
tan sólo han necesitado la apariencia de una excusa. Rusia
sabe que la ONU no existe, que Europa navega en el mar de la
indecisión, aún náufraga de su atroz siglo XX, que Estados
Unidos tiene pies de barro y que el nuevo gigante chino no
se conmueve con los derechos humanos. Si añadimos el
silencio de una opinión pública incapaz de movilizarse por
ninguna causa que no esté en el catálogo del buen solidario,
la libertad para invadir y masacrar es casi absoluta. Rusia
lo sabe. Y Georgia lo sufre.
¿Reaccionará Europa, sus intelectuales, su opinión pública?
Tengo pocas esperanzas, convencida de la razón de
Solzenitsin cuando hablaba de la degradación moral de
Occidente. A pesar de detentar las banderas más nobles, hace
tiempo que las hemos convertido en simples eslóganes
publicitarios. Por ello no nos conmueve Georgia. Porque no
es una causa divertida, ni tiene a los malos habituales, ni
las víctimas nos son propicias. La libertad ya no es nuestro
compromiso. Solo es el banderín de enganche de nuestros
privilegios.
La Vanguardia. Barcelona.
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