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Un Fiasco Llamado Onu
Quizás serviría como memorial de los sueños rotos. Aquello
que pudo ser y no fue. Joan Saura podría incorporarlo a su
desmemoriado proyecto sobre la memoria histórica. Total, si
como dijo Josep Benet se puede manipular de forma delirante
la memoria más reciente de nuestra historia (y convertir a
algunos insignes del comunismo catalán en hermanitas de la
caridad), ¿cómo no inventar una historia de magníficas
gestas con algo más lejano? La ONU da para casi todo.
Para sus orígenes épicos, cuando se imaginó un organismo que
velaría por los derechos humanos en el planeta. Nació para
construir los puentes de la libertad, y, con mayor osadía,
para garantizarlos. Pero la historia se truncó pronto en un
baile de dictaduras, resoluciones sectarias y todo tipo de
abusos que incluso ensuciaron su labor en zonas en
conflicto.
Entre los hitos más perversos, la resolución 3379, que, por
impulso de Siria y Egipto, equiparó al sionismo con el
racismo y el apartheid sudafricano. Aunque se derogó en el
91, cumplió con su intención de proscribir a Israel del
plano internacional. Dicen los propios de la ONU que esa
resolución, como otras igual de perversas, se explican en el
marco de la guerra fría, cuando la alianza entre el bloque
soviético y los países árabes intento demonizar a Israel y
excluirla de la legalidad internacional.
Sin embargo, esa explicación es, justamente, la que ahonda
en la vergüenza de la ONU: su incapacidad para sustraerse a
la manipulación de los países que la forman. Más de cien
dictaduras conforman su Asamblea General. De ahí que la ONU,
a pesar de su retórica, nunca haya hecho una resolución
condenando el apartheid racista que sufren las mujeres en el
islam. O ninguna contra el uso de niños bomba. O, por
ejemplo, no sea capaz ni de condenar los atropellos de Rusia
en Chechenia, ni los de Estados Unidos en Guantánamo.
La ONU no existe para los derechos humanos. Existe para que
payasos como Chávez conviertan su alto aparador en el
escenario planetario de sus bajas pasiones. Como existió, en
el pasado, para que Arafat hablara en la ONU con una pistola
en la mano, poco tiempo después de haber sido asesinados 11
atletas judíos en las Olimpiadas de Munich. Pese a la rama
de laurel que sostenía en la otra mano, Arafat certificó
para siempre la severa enfermedad de la bienintencionada
organización: valía todo si las presiones eran las
adecuadas, incluso valía el terrorismo.
Y por tener, incluso tuvo de secretario general a Kurt
Waldheim, que había servido en el SA-ReiterCorps del Partido
Nazi. Por supuesto, la resolución considerando a Israel un
país racista se aprobó bajo su mandato.
Los años no han mejorado su ambigua naturaleza. Se mantiene
como un enorme dinosaurio, con una notable incapacidad de
moverse hacia algún lado. En las zonas en conflicto, algunos
de sus soldados han sido artífices de los abusos más graves.
Y respecto a su capacidad de influencia política, para
muestra el último botón, la maldad del régimen de Birmania
ante sus propias víctimas.
Es tan inútil la ONU que no ha conseguido ni tan sólo
visitar el país durante semanas, y su secretario general ha
sido ninguneado por la dictadura birmana, que no ha tenido
ningún apuro en abandonar a millones de personas a su propia
desgracia. En este caso, la ONU ha conseguido perpetrar
algún papelito de condena, y, cual si fuera un poeta
trágico, incluso ha lamentado la situación.
Cierto. Puede que no tenga solución. Las dictaduras existen
y la ONU es tan esclava de ellas que incluso es usada por
las dictaduras, como blanqueador legal de sus miserias. Pero
entonces, si es así, si la ONU no sirve para millones de
mujeres esclavas, para miles de personas en Darfur, para
miles de birmanos abandonados, ¿de qué sirve el viejo
dinosaurio, más allá de dar voz a los iluminados del mundo?
Sirve para que se rían de los derechos humanos en la propia
organización que nació para preservarlos.
La Vanguardia. Barcelona.
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