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Crisis financiera 2008: ¡No culpen al mercado!
Octubre 10, 2008. Los
fundamentalistas de la lucha de clases están estáticos. Así también
los aduladores del Estado predatorio, e igual, insalvable
abominadores del capitalismo. Pero antes de que se intoxiquen del
opio delirante que cosechó el gurú del colectivismo, avecinando el
cumplimiento de los pronósticos del terco comunista, paren la
insensatez y desinformación. La actual situación financiera de los
Estados Unidos se está reportando, llevado más por emocionalismo
ideológico, que por objetivo y erudito examen.
La crisis tentativa es verdadera. Las recetas recuperadoras, amargas
pero necesarias, han sido planteadas por la actual administración
estadounidense. Están sobre la mesa legislativa, en debate, y si no
son desvirtuadas por proyectos irrelevantes a la solución del
problema, serán convertidas en ley por el Presidente Bush.
Simultáneamente, la gran prensa, élites culturales y políticos están
pintando un cuadro descriptivo del asunto, erróneo. El análisis que
presentan es más misionero que empírico. La premisa que más circula
está sustentada por una hipótesis, maliciosamente defectuosa. Omite,
convenientemente, variables seminales. El elenco que están
directamente culpando es el sector privado financiero, sus
ejecutivos, la desregulación y el ocupante existente de la Casa
Blanca. Pero el blanco primordial de esta cruzada estatista es el
capitalismo, sus mercados y prácticas económicas libres y la
corriente anti-gubernamental, prevaleciente en el Primer Mundo,
desde los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Desglosaremos la temática, primero en general y luego, con más
especificidad. Punto aclaratorio inicial: asuntos económicos son de
carácter dinámico y no escapan la ley de causa y efecto. El agente
tangible de la crisis financiera norteamericana se resume en una
palabra: liquidez. Demasiado de la misma y después, muy poco. O sea,
la capacidad de convertir activos (propiedades, acciones,
instrumentos de capital, etc.) en dinero efectivo, fácil y sin
perder valor, estuvo en bonanza y ulteriormente, se estancó. El
problema mostró sus efectos, primero, en el sector inmobiliario, se
regó hacia el crediticio y hoy abarca el sector financiero completo.
En más detalles, los hechos. Hubo una expansión de crédito abrumador
desde el 2001. La Reserva Federal (entidad cuasi-gubernamental), en
respuesta a los ataques del 11 de septiembre, para estimular la
economía reafirmó una política monetaria de aminorar el costo de
prestar dinero. Los intereses llegaron a bajar hasta el 1%. Un medio
popular de financiamiento hipotecario eran los préstamos “subprime”.
Estos vehículos crediticios son, para el prestamista, uno de alto
riesgo. Sus intereses, aunque más altos pero con tasas iniciales
artificialmente bajas, seguían siendo atractivos para personas con
mal crédito o insuficiente ingresos. Debido al riesgo elevado de
estos préstamos, leyes bancarias limitan la cantidad que bancos
pueden retener. Como era de suponer, los bancos transferían estos
instrumentos crediticios, cuando necesario, para atenerse a reglas
establecidas. El “boom” de crédito, repercutió en el sector de
bienes raíces.
Los precios de las viviendas subieron, desproporcionadamente, a su
valor real. El dinero, fácil y barato, que la combinación de
intereses bajo y préstamos “innovadores” proporcionaron, disparó el
costo de las propiedades. Especuladores añadieron al alza desmedida,
financiando inversiones que retenían poco tiempo. La práctica de
apalancamiento financiero no fue limitada a inversionistas. Los
“subprime” permitieron que cualquiera pudiera comprar y revender
instantáneamente. La Reserva Federal percibiendo presiones
inflacionarias incipientes, en una economía fuerte, decide alzar los
intereses. Del 2004 al 2006 subieron del 1% al 5.25%. Esto inició el
declive del sector crediticio.
Alza en los intereses significaba para dueños de hipotecas variables
y las “subprime”, pagos más altos. Ejecuciones en masa empezaron
simultáneamente. Inversores percibiendo los problemas venideros,
contraen el crédito. Propiedades en venta saturan el mercado, con
precios cada vez más barato. Bancos tienen inversiones que no valen
lo que ellos financiaron. La contracción del crédito se agudiza. De
ahí a Wall Street.
La bolsa empezó a ver una alta volatilidad. Agitada actividad
bursátil produce, entre accionistas y corredores, desconfianza
seguido por pánico. La bolsa cae y corre mayores riesgos ante la
parálisis de la liquidez. Los afectados han transcendido los dueños
de casas y los bancos. Estos préstamos de alto riesgo fueron
vendidos a través del tiempo y esparcidos por todo el globo.
Instituciones de ahorro, fondos mutuos, planes de pensiones,
compañías aseguradoras, gobiernos (locales y extranjeros), etc.,
compraron instrumentos que contenían estas modalidades crediticias.
Como un virus, se ha regado por la red financiera mundial. El
problema potencial, dado su carácter espiral, afecta a todos. Hasta
aquí, con probabilidad, no debe de haber una seria discrepancia. ¿A
quién culpar, entonces? Ahí es donde la subjetividad filosófica
fusionada con una agenda política, incapacita una discusión
integradora del problema.
Corrientes hostiles a mercados libres, pecando de un simplismo
grotesco, insisten en que la ausencia de una mano reguladora fue el
fallo. ¡Incierto y todo lo contrario! Legislaciones fallidas (aunque
bien intencionada), regulaciones anacrónicas, instituciones híbridas
corruptas, y una política monetaria muy suelta, apuntan con más
certeza a los responsables. Leyes federales, como el Acto de
Reinversión Comunitaria (1977 enmendada en 1995) “Community
Reinvestment Act”, es un ejemplo. Esta ley, reforzada por la
administración Clinton, obliga a los bancos incrementar los
préstamos hipotecarios a personas de bajo recursos y múltiples
étnicas. Cuatro agencias federales reguladoras (como mínimo) han
estando designadas específicamente a monitorear su cumplimiento.
Aparte de jugosas multas por su infracción, transacciones
comerciales pueden ser impedidas y baja apuntaciones anotadas, en un
sistema anacrónico de reportaje. Estas “apuntaciones” son vitales
para los bancos poder conducir operaciones. Es predecible concluir
que la industria bancaria haría todo lo necesario para acomodar las
exigencias estatales. Esto ha incluido el bajar sus estándares de
calificación para préstamos. Hipotecas “subprime” han sido el
vehículo crediticio más empleado.
La ley Sarbanes-Oxley (2002) es otro caso. Reaccionando a los
escándalos de Enron, este Acto “reformó” las reglas de como empresas
que se cotizan públicamente en la bolsa, ejercer la contaduría. Los
nuevos estándares de contabilidad obligan a empresas a “marcar” sus
activos de acuerdo al precio circunstancial del mercado y no su
valor, estimado por el más prudente método de “contaduría de costo
histórico” (historical cost accounting). Para inversiones como
préstamos hipotecarios, el “marcar al mercado” (mark to market) no
es un barómetro adecuado. Distorsiona la realidad financiera de una
empresa, alterando su factura de balance. Actualmente, la tasa de
ejecuciones hipotecarias es de 6.4%. Comparándola con el 40%,
durante la Depresión de los 1930’s, es una minucia. Sin embargo, en
papel estas instituciones financieras, obligadas a reflejar como
pasivos, préstamos cuya propiedad en colateral está tasada por menos
del dinero dado, están en “pérdida”, aunque la pérdida no se ha
realizado. Compañías solventes pueden parecer que no lo están.
Inversionistas y otros prestamistas, consecuentemente, empiezan la
estampida.
Fannie Mae (Asociación Hipotecaria Nacional Federal) y Freddie Mac (Corporación
Hipotecaria de Préstamos de Casa Federal) son instituciones híbridas
que eran (hasta no hace mucho) corporaciones privadas pero
constituidas por el gobierno. Hoy están bajo tutela estatal.
Técnicamente se les considera “Empresas con Patrocinio Gubernamental”
(Government Sponsered Enterprises). Esa relación con el Estado,
liosa y extraña, ha agravado el problema. Su mecanismo operativo ha
sido el de comprar hipotecas de instituciones y re-venderlas al
mercado secundario hipotecario como instrumentos financieros
respaldado por hipotecas, con la garantía de que el principal e
interés serán pagados, irrelevante de si lo hace a quien le hicieron
el préstamo. Aunque Fannie Mae y Freddie Mac explícitamente no
conllevaban garantía federal, su vínculo especial con el gobierno,
implícitamente, sí da ese entender. De ahí la tranquilidad con que
instituciones de inversión compraban esos préstamos. Su condición
paraestatal implicaba la protección del gobierno. Con cerca del 50%
del mercado hipotecario norteamericano respaldado por estos
organismos híbridos, la ubicua presencia estatal sobre el sector
inmobiliario, ha sido y es, extensiva. Políticos han aprovechado esa
situación.
Clientelismo y corrupción, garrafalmente, han proliferado con el
crecimiento de Fannie Mae y Freddie Mac. Estrecha relaciones de
ejecutivos de estas instituciones y políticos, es connotado. La
actual líder de la Cámara, Nancy Pelosi e influyente miembros de
relevante comités con jurisdicción sobre la banca, como Barney
Frank, Christopher Dodd, Maxine Waters y el actual candidato
demócrata, Barack Obama, son sólo algunos de los involucrados en
cuestionables enlaces con estos organismos hipotecarios
paraestatales, donde ha existido un conflicto de interés serio, en
adición de ser recipientes de abultadas donaciones políticas de las
mismas. Legislación ha mediado de los 2000 para reestructurar el
mecanismo regulador de Fannie y Freddie, fue impedida por los
mencionados legisladores del Partido Demócrata. No toda la
corrupción ha escapado. Agencias supervisoras de instrumentos
bursátiles (SEC) las multaron por $400 millones por fraudulentas
preparativos de contabilidad, que facilitó a oficiales de Fannie y
Freddie, como Franklin Raines y Jamie Gorelick, fortunas millonarias
en remuneración.
Finalmente, la política monetaria seguida por la Reserva Federal
abarató demasiado, por mucho tiempo, el costo de usar capital ajeno.
Si bien fue sabia acción para estimular la economía reaccionando a
los ataques a Nueva York por el islamismo radical, no se tomó en
cuenta lo suficiente, que considerando el bajo nivel de inflación
(no-energética/comestible), el interés real era a veces cero. Si el
costo de prestar dinero no se siente, el precio del artículo (por la
demanda incrementada) tiene que subir. Esto contribuyó al alza
descomunal de los precios inmobiliarios. Luego, la misma Reserva
Federal, responsabilizada con validar la salud de los bancos y
establecer reservas relativas a depósitos y pasivos, al contemplar
facturas de balance “desfavorable”, incrementaba las tasas de
reservas. Eso, y las nefastas repercusiones que le trajeron al mundo
financiero, fue cortesía del Acto Sarbanes-Oxley.
La libertad de pensamiento y una democracia funcional, abren las
puertas a la diversidad de ideas y paradigmas socio-políticos
consecuentes con las mismas. Eso es válido. Es inadmisible, sin
embargo, cuando la tergiversación, descontextualización y deliberada
omisión de relevantísimos factores, son excluidas de argumentaciones
públicas, que buscan promover proyectos específicos.
Recapitulemos en síntesis todo esto. Primero, leyes obligan a bancos
hacer préstamos a solicitantes de alto riesgo. Después, otras leyes
cambian las reglas de contaduría, debilitando la liquidez de los
bancos y su condición financiera en la factura de balance,
ahuyentando a inversionistas e induciendo desconfianza. Luego
instituciones paraestatales riegan estos préstamos tóxicos,
indiscriminadamente, por todo el mercado financiero con el sello de
“respaldo” del gobierno y resisten una re-configuración reguladora
para despolitizar su existencia, con la complicidad de políticos
estatistas. ¿Y tienen la desfachatez de culpar al mercado?
Sabemos que no son pocos los que ven en esta crisis la oportunidad
de reimplantar teorías anticuadas y fracasadas del Estado
súper-interventor. Pero, lamentablemente para ellos, podrán culpar a
“mercados” todo lo que quieran (si es que saben lo que es). Los
hechos los continuará contradiciendo. Sería más honesto que
defendieran la intromisión estatal que contribuyó a esta situación,
desde una premisa moral. Pero no. Prefieren falsificar, para así
engatusar. Momentos de frustración social siempre han sido fértil
terreno para demagogos impulsar el embrutecimiento. Estamos viendo
eso ahora. Debería de darles vergüenza.
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