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Desaparecidos y Tácticas de Guerra
Julio 11, 2006
El tema de los “desaparecidos” ha resultado una genial componenda, dentro de una instrumentación muy bien elaborada, para facilitar el camino al poder. En léxico político, el acto de “desaparecer” a alguien consiste en la detención y ejecución, sin juicios y extraoficialmente, de un opositor, real o imaginario. De este fenómeno, la Argentina es un caso paradigmático.
Sí. Incuestionablemente, hubo desapariciones en la Argentina. Por supuesto que no los números bombásticos e hiperinflados ofrecidos por sus partidarios. Cifras serias varían entre 4000 y 7706. Tarea complicada por la constante “reaparición” de personas consideradas “desaparecidas”, sin embargo viviendo y activos en Europa, América Latina y los ex –países socialistas. Indemnizaciones posteriores a familiares, asegura que los números nunca ascenderán a proporciones realísticas.
La práctica sistemática de detener y ajusticiar combatientes, sin revisión jurídica, se llevó a cabo por gobiernos argentinos, democráticos y no-democráticos, durante la década del 70. Esta actividad se recrudeció con la intervención castrense de 1976 y duró hasta 1979.
La Argentina llevaba ya, desde 1955, una lucha para impedir la usurpación del poder por movimientos marxistas armados. Esta fuerza insurreccional, durante la mayor parte de los años 60, operó como guerrillas rurales. Al contener exitosamente las fuerzas públicas, el avance comunista, los insurgentes llevaron la guerra a las ciudades. Ahí comenzó la intensificación de la contienda y la conversión del mismo, por sus síntomas, en una guerra civil.
Entre 1969 y 1979 los insurrectos comunistas cometieron 21,642 actos terroristas. Reducidos, por fusión o sobre vivencia, a dos grupos principales: el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) y los Montoneros; sin renunciar a la campaña rural, se convirtieron en formidables guerrillas urbanas. Eran la fuerza subversiva, en ese momento, más potente en el continente. La premisa marxista insta, doctrinalmente, a violentamente asistir a la “lucha de clases”, facilitando el exterminio de toda clase no-proletariado (léase no-marxista). Resultaron, los revolucionarios argentinos, adeptos magistrales ya que los asesinatos, secuestros, atentados dinamiteros y robos fueron desplegado indiscriminadamente contra sindicalistas, políticos, empresarios, gremialistas, obreros, ejecutivos, académicos, periodistas, religiosos, en adición a policías, soldados y oficiales, sus instituciones y cualquier familiar que estuviera cerca en el momento del crimen.
Las autoridades públicas argentinas, empleando la mecanización de aprehender y matar extraoficialmente a las capturadas fuerzas subversivas, pusieron fin a la guerra. La contraofensiva lanzada por el gobierno, y el régimen militar en particular, neutralizó la búsqueda armada del poder por los marxistas. Sus integrantes y simpatizantes desertaron la vía armada y buscaron rutas alternas hacia el poder.
El nuevo campo de batalla fue la opinión pública internacional. Nada más fácil que victimizar al que perdió la guerra. No importa si fueron los que la empezaron. La intensa campaña de victimización necesitaba de “víctima” y “villano”. Los que escaparon al exterior con el comunismo internacional y sus cómplices de la izquierda, coreografiaron la embestida psicológica espectacularmente.
Como metodología sería obligado descontextualizar la historia. De esa forma habría un claro “villano”. Extirparon, del largo proceso de lucha antisubversiva, el periodo después del golpe militar de 1976, ignorando 21 años previos de constante enfrentamiento bélico a las fuerzas antisistemas. Así se desarrollo la traumática de los “desaparecidos”. El descarado arte de descontextualizar, de hacer un paréntesis de sólo un tramo de historia y pretender que no tiene vinculados orgánicos, de hacer creer que toda la violencia surgió a partir del golpe castrense y que ellos “respondían” a dicho acto, fue hecho posible sólo por la desinformación, la aptitud de la ignorancia y/o el acondicionamiento ideológico. El efecto no se puede separar nunca de la causa.
El enjuiciar moralmente la practica de “desaparecer”, es tema sano para una sociedad pluralista, siempre y cuando, no se desligue del contexto en que se vivió. Si las autoridades (incluyendo el régimen militar de 1976) utilizaron métodos no- convencionales para ganar la guerra, no fueron ellos los que lo iniciaron. Las fuerzas comunistas, particularmente cuando enfocaron su guerra en las ciudades operaban totalmente de modo no-convencional. Las normas establecidas de guerra, como la de vestir uniformes, atacar sólo a uniformados y a lugares alejados de la ciudadanía no- castrense, tenía en propósito: el de evitar bajas civiles e inocentes.
Las fuerzas subversivas al elegir librar su guerra, integradoramente, no- convencional: escudándose bajo la ciudadanía civil, rehusando vestir uniformes y no operando desde territorios claramente marcados como zonas de guerra, prescribieron su futuro. Si es condenable el detener y matar a un combatiente enemigo, tan condenable es llevar a cabo una guerra poniendo en riesgo la vida de personas inocentes y no interesadas en “lucha de clases” u otras diatribas doctrínales que dan licencia para el asesinato. Las fuerzas marxistas ejercieron una criminal irresponsabilidad en el pleno de la sociedad desarmada al combatir el orden establecido, violentamente, convirtiendo cada calle en un campo de batalla.
La cuestión de que si todo los desaparecidos eran o no, subversivos es otro punto válido para polemizar. En toda guerra hay bajas inocentes. Igual ninguna guerra es eximida de excesos. Eso incluye, a todos los que las combaten, de ambos lados. El jerarca montonero, Mario Firmenich, sin embargo, hizo notorio su insistencia de que la mayor parte de los “desaparecidos” fueron “militantes”, que “con conciencia, con pasión” desarrollaron sus acciones y no inocentes desligados del proceso conspirativo. A parte es una cobardía cambiarles a sus caídos el título de combatientes por el de victimas inocentes.
¿Pudieron los militares de 1976 haber ejercido más prudencia en confrontar a los terroristas? Ya que en definitiva representaban al estado argentino. ¿Hubiera una simple acción policial, sin intervención pretoriana, parado la ofensiva comunista? Ahora, alejado del sangriento proceso que ostentaba con el total derrocamiento del sistema social operante desde que se fundó la nación, contra un enemigo cuyos soldados se camuflaban de civil, financiado con un impresionante botín autóctono (más de $70 millones en aquel momento), más al respaldo económico y militar de Cuba comunista y la extinta URSS, en pleno Guerra Fría, es improbable, si se busca ser justo con precisión, hacer un análisis con hechos descontextualizados.
Lo cierto es que sobre los hombros de las autoridades argentinas de aquella época estaba la probabilidad, o no, de que los terroristas empleando una guerra no-convencional, tomarían el poder. Tal vez, la derogación de instrumentos democráticos, como la Cámara Federal de Penal, que juzgó y condenó a más de 2,000 subversivos y la posterior amnistía que los liberó, en pleno contienda bélica en 1973, influyó en la decisión. La inefectividad de los gobiernos Cámpora y Perones (1973-1976) y el hecho de que ni un solo terrorista en ese, el más sangriento periodo de la guerra (52% de los actos terroristas fueron cometidos en ese periodo), fuera condenado, pudo haber sido persuasivo. Uno solo podrá especular.
La cuestión mas relevante en la temática de los “desaparecidos” es la de hacerle un juicio moral como táctica de guerra. Esto naturalmente requiere la inclusión de la metodología de los subversivos. Sería injusto emitir juicio sobre la práctica de un bando y no del otro. Se convierte entonces la pregunta clave, ante un reclamo de “victimización”, ¿Qué es más (o menos) ético? Detener y matar a un combatiente opositor, o asesinar, poniendo una bomba en la cabecera de un enemigo. El juicio se hace más complicado y obliga la inclusión de cuales eran los propósitos que daban justificación a dichos terribles actos.
Uno luchaba por la defensa de la continuidad con todas sus imperfecciones, pero perfectibles por vías evolutivas. El otro obedecía a ideas que requería la destrucción de todo el orden existente, desde lo más elemental, para implantar un sistema esclavizador con un historial pésimo. El escritor mundial emblemático del Siglo XX, el argentino Jorge Luís Borges, dijo “Prefiero la clara espada, a la furtiva dinamita”. Yo, coincido con el maestro Borges.
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