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OEA Expulsa Democracia
Junio, 07 2009
Ya es oficial. Con mayoría unánime, la Organización
de Estados Americanos (OEA) revocó la suspensión, de 1962, al
gobierno cubano. Como miembro aceptado, puede volver cuando quiera
sin ningún concreto condicionamiento. La dispositiva de ejercer ese
cautivador concepto de “dialogar”, no le causará ningún
inconveniente a la dictadura castrista. Inconsecuente con el
romanticismo revolucionario, los regímenes y movimientos
marxistas-leninistas han ganado siempre más sentados en la mesa de
negociación, que bregando en los campos de batalla. Su secretario
general, José Miguel Insulza, lideró esta campaña. El “panzer” (como
le dicen los que lo conocen), la calculó bien para gestar su ataque.
Con el mismo éxito que tuvieron los tanques panzers alemanes sobre
la democracia europea, así también arrasó Insulza del seno del foro
hemisférico, el principio político que Churchill llamó el “peor,
exceptuando todos los otros”.
En la guerra el “timing”, dicen los expertos,
es relevantísimo. Insulza, con cuatro años ya de jefatura del
organismo continental, tuvo la ensombrecida astucia política para
saber esperar el propicio momento. La responsabilidad de escarnecer
los principios democráticos que había incorporado la OEA en sus
estatutos por enmienda, cae, sin embargo, sobre muchos. Las
consecuencias de esta lamentable ocurrencia destapa no sólo la
complicidad (explícita o tácita), de supuestos líderes democráticos,
sino hace más lúcida la agenda que busca los obvios conspiradores.
Lo peor, es a lo que se expone todo el hemisferio por la
irresponsabilidad histórica de algunos ilusos (en el mejor caso).
Cuando ganó la presidencia estadounidense
Barack Obama, contó no sólo con el 52% del electorado
norteamericano, sino también el 100% del beneplácito de las
dictaduras de La Habana, Pyongyang, Teherán, Caracas, et al; y
aspirantes a lo mismo en Quito, Managua, Buenos Aires, etc. Más allá
de que si el mensaje de “cambio”, que estas dictaduras y tentativas
dictaduras enarbolan sea idéntico o no, al que sostiene Obama, lo
cierto es que la clara y amplia admiración del actual presidente
norteamericano hacia individuos, principios y corrientes de la
izquierda radical, a través de su vida, hace comprensible esa
euforia. Eso es gran parte del problema. Tienen razón para estar
optimistas con Obama. Ya no hay en la Casa Blanca un individuo con
el fervor de enfrentar la expansión socialista. Menos si viene con
el vestuario de “demócrata” (tan preferida últimamente por la
izquierda radical latinoamericana) o prosiguen itinerarios
dependientes de fijaciones de conflicto de clases. La ultraja a la
Carta Democrática de la OEA, con Bush, no lo hubieran logrado.
Insulza por eso esperó.
El deseó que regrese Cuba comunista a la OEA,
obedece intereses mucho más integradores de que ocupe una silla un
sumiso a los hermanos Castro. Hasta ahora la OEA, a pesar de su
esterilidad en tantos asuntos, no era la ONU. Un ejemplo de esta
decadencia ética, es tener en la ONU a los violadores más grotescos
de los derechos humanos del mundo, liderando, increíblemente, las
comisiones monitoras de los derechos humanos. Ahora ese relativismo
moral marcará su pauta descaradamente, con el sello aprobatorio del
máximo foro multilateral en este hemisferio. De hecho, la OEA ha
certificado procesos electorales fraudulentos y los ha llamado
“democráticos” (i.e., Venezuela). Violaciones a constituciones,
libertades civiles, el Estado de derecho, separaciones de poderes y
autonomía institucional (requisitos para una auténtica democracia),
han pasado desapercibidos. Ya la brújula moral de la OEA no las
capta. En la agenda está la fundamentalización del izquierdismo en
las Américas.
La de-construcción del concepto democrático ya
hace tiempo que está en marcha. La izquierda radical,
obligatoriamente, lo tiene que hacer. No sólo por requerimientos del
léxico ideológico, sino por la facilidad que le prestaría un
concepto bastardizado, a la práctica del absolutismo. Esta
fabricación de una “democracia” (popular, directa, participativa,
etc.), pretende justificar ejercicios socio-políticos extremistas.
El asentimiento de la OEA, sería una fuerza de legitimidad
impresionante en la campaña para esta nueva configuración de la
democracia.
Cuba juega un conveniente papel en todo esto.
No sólo por la desesperación de darle al castrocomunismo,
imaginativamente, un rostro de civilidad hacia el mundo
no-socialista (particularmente los EE UU), que en definitiva, es
quien le pudiera resolver el agudo problema económico a largo plazo.
En esta ola de frenesí marxista-leninista latinoamericano, el
castrismo busca intentar prolongar su criollo comunismo, sin los
Castro. Lo patético de esto, no ha sido ver los conocidos aliados y
aduladores de la tiranía cubana, i.e., Chávez, Correa, Ortega,
Kirchner, Lula e Insulza, etc., en acción. Lo más vergonzoso ha sido
contemplar a líderes democráticos no-socialistas, i.e., Uribe,
García, y Calderón (y sus cancilleres), tratar de racionalizar la
desvergüenza. Y, naturalmente, en este grupo no puede ser omitida la
representante del gobierno de Obama, Hillary Clinton y su comitiva.
La delegación norteamericana lideró este
cantinflesco grupo. Los argumentos que han ofrecidos ellos y los
cabilderos académicos del castrismo (Diálogo Interamericano, et al.)
van, desde mitigar moralmente el problema como uno de irrelevancia
con la época (“fin de la Guerra Fría”), que se le quite el
“pretexto” al régimen castrocomunista de ser como es o de
convencerlos, por medio del “diálogo”, a abandonar 50 años de
prácticas de barbarie y civilizarse. Interesantes, pero absurdas
observaciones que apuntan a enfrentar una audiencia aprobatoria,
sólo si es separada del conocimiento de la historia, los hechos y de
la dictadura cubana.
La Guerra Fría es un eufemismo para explicar un
periodo donde hubo un intento bestial del comunismo internacional de
subvertir el mundo no-totalitario y la resistencia que este último
le dio (particularmente los EE UU). Que la metodología haya
cambiado, no significa que los objetivos de marxistas-leninistas
hayan mermado. El violentar el orden constitucional y social, no
desde las selvas o las calles con bombas furtivas, sino desde los
pasillos de parlamentos, no rinde la resistencia ejercida en la
“Guerra Fría” fuera de tiempo. Al contrario. No sólo obliga una
rigorosa aplicación en numerosos campos, sino también una cautelosa
revisión para combatir el nuevo modus operendi de la
izquierda radical.
Quien a estas alturas tenga dudas de que el
castrocomunismo sea una dictadura par excelance y que medidas
de inclusión como estas servirán para rendir neutral “pretextos”
explicativos de su despotismo inhumano, es ofensivo al raciocinio
coherente. Si somos adultos, esto es inadmisible. El “dialogar” es
otra de las ingenuidades más populares. Sin entrar en el bagaje
emocional y mixto que dicha palabra carga (particularmente en la
comunidad exiliada cubana), la esencia del término radica en el
potencialidad que ofrece para discutir puntos de vistas y lograr un
acuerdo.
El dialogar, en el entorno político usado por
los emisarios de la OEA, presupone una condición preliminar de
igualdad entre los interlocutores. Por eso es una falacia lógica. Su
argumento reposa sobre falsas suposiciones del problema (falacia
causal). La validez de su aplicación es relativa sólo con respecto a
una argumentación retórica y la satisfacción emocional de las partes
involucradas. En otras palabras, no resuelve nada. Los comunistas
cubanos (y su “máximo líder”) han demostrado una gran capacidad para
la mono-tertulia. Ahora la OEA padecerá de ser receptores de las
lecciones (o reflexiones) de la oficialidad castrista. El poder
político, sin embargo, es un tema, para el régimen castrista,
no-negociable. Nada, por el momento, que ponga ese monopolio en
juego, estará sobre el tapete.
La entrada de Cuba comunista a la OEA fue por
una puerta giratoria. La democracia salió, con una patada en el
trasero, a la misma vez. La oportunidad de redimirse de sus pasadas
negligencias con el pueblo cubano, fue desaprovechada. El clima
político parece haberse acomodado con la inmoralidad. De ahora en
adelante, la lucha contra la subversión socialista, se llevará desde
otras trincheras. La OEA se alió con los enemigos de la libertad y
del sistema socio-político que mejor lo complementa, la democracia.
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