El Virtuoso Navegador
En los EE. UU. febrero es el mes, no sólo del amor, sino también de los presidentes. Cumpliendo año Washington (día 22), Lincoln (el 12) y Reagan (sexto día), tradicionalmente se honra, colectivamente, al primer ejecutivo de la nación estadounidense reservándose un día para agasajar la importante institución. Si bien en una democracia funcional el respeto hacia el presidente es práctica loable. No dejaría de ser decoroso el reservar el vasallaje más caluroso, para quienes con más decoro han, a su Patria, servido.
Como sabio político que era, Abraham Lincoln reiteró que su principal papel era “preservar la Unión”. Sin embargo, su postura antiesclavista, enraizada moralmente, era bien conocida y fue prolongadamente martillada al electorado, por sus enemigos, como algo peligroso. Que “quería llevar el país a la guerra” formó parte de la diatriba electoral que causó que el más grande de los presidentes, escasamente adquiriera la presidencia. En su partido ganó en la tercer boleta. Obtuvo una minoría del voto popular, gracias a que la votación, convenientemente, se repartió entre cuatro candidatos. Su administración, rebosante de facciones, demostraba poca compatibilidad con los propósitos explícitos de ganarles a los insurrectos.
La Guerra Civil la iba perdiendo, dos años adentrados en el conflicto que más vidas norteamericanas tomó. Sorpresivamente, en un campo insignificante en Pennsylvania llamado Gettysburg, el ejército pro esclavismo, olfateando ya la capital (Washington), sufrió la derrota que cambió el rumbo de la conflagración. Permutó su fatídica oficialidad militar y anunció una votación secreta, dentro de su gabinete, para decidir sobre si aclamar, formalmente, la libertad de los esclavos a través del territorio nacional. La votación rindió sólo un voto a favor de tan audaz decreto. El voto afirmativo fue el de Lincoln. La Proclamación de Emancipación fue firmada. La esclavitud fue abolida, la guerra ganada y la nación preservada.
115 años después, la ciudadanía norteamericana le otorgó las riendas presidenciales a un ex izquierdista, actor, sindicalista, empresario y gobernador llamado Ronald Reagan. Justo a tiempo. El comunismo internacional llevaba una fenomenal racha subvirtiendo el planeta. Entre 1974 y 1980 solamente, nueve países cayeron. La Doctrina Truman, y su principio defensivo, estaban demostrando su insuficiencia. Reagan implementó su propia tesis doctrinal. El “imperio del mal” pasó a ser combatido, no meramente contenido. “Guerrerista” fue apodado por los aludidos.
Con tres Directivas de Decisiones de Seguridad Nacional (NSDD Nos. 32, 66, 75), la Doctrina Reagan, quedó codificada. Su implementación materializó la implosión del comunismo soviético y sus colonias europeas. Además, causó un realineamiento ideológico en el realmo político internacional, donde la importancia de mercados libres, propiedad privada y gobiernos limitados, han quedado cementados. Que el infame Muro de Berlín se haya desmoronado, sin embargo, no quiso decir que el veneno de ideologías radicales haya mermado su toxicidad.
La ira despiadada del islamismo radical, marcó su más abominable acción, cuando otro amante de sombreros vaqueros ocupaba la Casa Blanca. Cosas se esperaban de George W. Bush cuando fue elegido en medio de la controversia de boletas caídas y un acertado Tribunal Supremo. Pero nada comparado con todo lo que ha logrado bajo su reloj presidencial. Hoy, a pesar de las salvajes críticas, parece increíble que este tejano haya podido exitosamente superar una heredada recesión, un feroz ataque extranjero, liderado una guerra (Guerra Contra el Terror) con múltiples frentes, promovido la democratización doctrinal y literalmente y, simultáneamente, producir una de las más impresionantes economías en la historia. Que otro ataque monstruoso, ni una sola vez se haya repetido, los que profanamente reprochan a Bush, jamás vincularán la empírica causa y efecto de las medidas tomadas por él.
Algunos políticos creen que el papel del primer ejecutivo de una nación es representar el “sentimiento” del electorado. Otros consideran que el ser “líder” requiere el “liderar”, no “seguir”. Y esto, invariablemente, obliga la adaptación de posturas “impopulares”. Pero la presidencia no debe ser un concurso de popularidad. Las impetuosas mareas de la incomprensión y mezquindad, al virtuoso navegador con la brújula buena, su paso no debe detener.
Lincoln, Reagan y Bush II, todos, enfrentaron oprobiosas amenazas a la seguridad nacional. Amonestaciones electorales nunca lograron que el pulso se desvirtuara, al poner la firma así capacitando acciones “polémicas” tal vez, pero imprescindiblemente necesarias para preservar la libertad. Los que creemos en la Divina Providencia no nos cabe duda del exquisito valor de llevar a Dios como brújula. También conocemos de la lucha entre el bien y el mal. Gracias al Todopoderoso que estos hombres igualmente reconocieron esa lucha al tenerla delante. Gracias también por que aguardaban esa, la más valiosa de las brújulas y que no escatimaron al enfrentar al malvado enemigo. La historia ha desmostado que Lincoln y Reagan tuvieron la razón. Lo mismo hará con Bush II. ¿Y de sus detractores? Bueno a ellos nadie, con distinción, los recuerda.
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