Mentiras, Renuncias y el Espectro de Trotsky
Consistente con el surrealismo que en Cuba ha implantado el
castrocomunismo, el organismo encargado de “guiar” la
subyugada sociedad cubana, planteó que ha llegado el momento
de parar las mentiras. No. No fue un chiste. Cuidadoso
siempre de no transgredir los límites idiomáticos del
momificado socialismo criollo, el Partido Comunista Cubano
(PCC) mediante su órgano de proselitismo, el periódico el
Granma, llamó a eliminar la “mentira”, “actitudes
fraudulentas” y, entre otras cosas, “pelear contra la
mentira y los mentirosos de adentro''. Nombres de acusados
específicos no se ofrecieron. La ilegalización de la
espontaneidad en los medios noticiosos cubanos asegura que
algo se está tramando.
Ahora
el tirano Castro (Fidel) anuncia su “renuncia” en un texto
de 1030 palabras. “…no aspiraré, ni aceptaré…” (y lo
repite), “el cargo de Presidente del Consejo de Estado y
Comandante en Jefe” (se le olvidó Secretario General del
PCC). ¿Cuarenta y nueve años de sangre, miseria y dolor, y
como obra ilusionista, se va? Bueno, él dice que no de todo.
Piensa quedarse como “reflexionista” oficial de la
Revolución (algo como un elder statesman
dictatorial). Y sí, no faltaba ni aún en estos momentos, la
incesante búsqueda de legitimación para su Constitución
Socialista y régimen. También eso estaba en su “carta”. Más
que una despidida (ojala fuera así), es la formalización de
un intento de perpetuar el marxismo-leninismo en el Estado
cubano. La mentira, como bien apunta el Granma,
efectivamente, tiene penetrada la esfera gubernamental
castrista. Pero no una porción de ella. Sino su
universalidad.
Que
una Revolución construida sobre una identidad falsificada,
sustentando el crimen con dictámenes ideológicos
inconsistentes y atiborrados de patrañas, liderada por un
psicópata embustero par excellance y defendida,
argumentativamente, sólo con la empleomanía de la trola,
causa intriga las alegadas preocupaciones de la dictadura
con las mentiras dentro de sus filas revolucionarias y las
movidas de su máximo representante. Varias posibilidades
existen. Meaculpas o arrepentimientos se pueden descartar.
La extravagancia con que se ha cometido la barbarie y
saqueado la sociedad cubana (moral y materialmente), ha
enraizado fuertes intereses en preservar el status quo.
Desde el poder, el auto recriminación, sin amenazas bélicas
inminentes y con el mentiroso en jefe aún oficialmente
respirando, no sería factible. ¿Cuáles podrían entonces ser
algunas de las razones?
Mercadeo es uno de ellos. El petróleo que Hugo Chávez le ha
rapiñado al pueblo venezolano para regalárselo al régimen
castrista (entre otros parásitos), no es muy confiable dada
la estrambótica torpeza del líder, de algo llamado
“socialismo del siglo XX1”. Apuntar para el botín del vecino
del norte (“el imperio”) y la imitación del comunismo
asiático es una apuesta más segura. Como la imagen ha sido
un arma potente en el arsenal explicativo de la sobre
vivencia del despotismo cubano, sería consecuente el querer
adulterar su lámina, para así enfrentar retos venideros.
Esto sería particularmente predecible cuando oficialmente
deje de reflexionar el tirano máximo, que como un maléfico
mago, le ha podido resolver los problemas a la dictadura que
instauró. Dado el enorme costo de mantener la maquinaria
represiva, una efigie más atractiva serviría al comunismo
cubano mucho, desaparecido ya su showman
emblemático.
Otra
posibilidad sería una “purgación”, que reflejaría un
realineamiento del “centralismo democrático” (ese macabro
adendum de Lenin al marxismo), tal como se ha practicado en
Cuba hasta ahora. Apertura o la disolución del monopolio
gubernamental, no es ha lo que me refiero. Sino apagada la
monolítica autoridad de Fidel Castro, la lucha sectaria
dentro del poder, ya parece haber estallado. La figura de
Castro, más allá de su inercia, se pudiera utilizar por esos
con más acceso a él, y presentar la impresión (real o no),
de contar con la condescendencia del casi extinto tirano.
Dictaduras como la que hay en Cuba, llevan siempre un cordón
umbilical con el déspota-personalista. Esa enfermiza
relación de un sistema socio-político con un individuo, lo
ata a su duración. Los cortesanos deben estar asustados. La
lógica movida de un mega-caudillo que toda su vida sopapeó
las instituciones, incluyendo las que lo han sustentado,
sería aún a estas alturas, tratar de fortalecer
instituciones como el Partido. De eso se trataría la
“redirección” del PCC, reformateando este su centralismo
democrático. El espectro de Trotsky, y la experiencia rusa,
pudiera estar visitando el castrismo.
Lev
Davidovich Bronstein es el nombre con que nació León
Trotsky. Fue el pseudónimo, tomado de uno de sus carceleros,
que empleó cuando empezó a escribir en Iskra (La
Chispa), órgano publicitario del Partido Obrero
Socialdemócrata que lideraba Vladimir Lenin, y usó el resto
de su existencia. Su fabricación en un icono de la
izquierda, después de caer en desgracia con el poder
soviético, adulteró la percepción del sujeto y la
interpretación de los hechos.
Equivocadamente existe una falsa noción de la civilidad de
Trotsky. Con objetividad se puede concluir que el número dos
de la Revolución Bolchevique fue un empedernido sanguinario.
Encargado de construir y liderar el Ejército Rojo para una
guerra civil que resistía la embestida marxista, la
fehaciente crueldad que el intelectual ucraniano utilizó
para enraizar el terror, y salvar la dictadura bolchevique,
es notorio. La iniquidad del primer Comisario de Guerra de
los comunistas rusos, es uno de los más aguardados secretos
de apologistas marxistas. Uno de sus desacuerdos con Lenin
más connotados fue sobre el control de los sindicatos.
Trotsky quería sobre los mismos, “más” control estatal. La
apoplejía que destronó a Lenin, inicio el vacío de poder y
las típicas luchas facciosas de los totalitarios (recuerden
la Revolución Francesa). El victorioso trapicheo de Yosif
Stalin, fue producto más del temor que producía Trotsky en
el resto del Politburo, que genialidades que se le pudieran
atribuir al sádico georgiano.
En
momentos que el principal culpable de la tragedia cubana
parece estar en la preparativa para corporalmente esfumarse,
los otros responsables buscan salidas. Todos los que se han
beneficiado de la bestialidad que se ha practicado en Cuba
comunista (y sus cómplices), rastrearán alternativas que
salvaguarden sus vidas y los privilegios que la revolución
castrista les otorgó. Buscarán el sofista más comprable.
Seguro que este “admitirá” que se cometieron “excesos”, que
“algunos” mintieron, etc. Pero lo cierto es que el sistema
mismo, es el que contiene el germen de la perversidad. Otro
charlatán no resolverá nada. Sólo el arrepentimiento
fidedigno, consistiendo de concretas acciones estructuradas
para desmantelar integralmente el actual régimen, abriría el
camino para un proceso expurgatorio.
La
enfermedad y posterior muerte de Lenin, presentó una
encrucijada. Optaron por la opción que parecía menos
radical. Nunca sabremos cuantos más hubieran perecidos con
Trotsky. Tenemos una idea de los que Stalin silenció. Y las
víctimas no fueron, necesariamente, todas anticomunistas. El
caso cubano, sin duda, no es el mismo de la URSS. Lenin no
fue para su dictadura, lo que Castro le ha sido para la de
él. Sin embargo, de que la solución en ambos modelos
radicaría (para el ruso hubiera radicado) en acabar con esa
malísima idea socio-política en la práctica, en eso el
denominador es común. Los comunistas rusos desperdiciaron el
vacío de poder apostando por el que aparentaba ser menos
malo. La historia (ese motor de la fábula marxista) demostró
que ninguno servía, porque el sistema engendra esa pésima
calidad de humano. Que recuerden los del Partido Comunista
Cubano el espectro de Trotsky, las costosas decisiones que
tomaron sus homólogos rusos en los años 20 y las
oportunidades perdidas. Lo inevitable, la implosión del
sistema, la demoraron pero no la pudieron eludir. El
problema en Cuba es la Revolución, esa gran mentira. La
solución: enterrarla con su egocéntrico maestro de
ceremonias. Esa es la gran verdad.