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Por qué
fracasó la República
Hace cien años, el 20 de mayo
de 1902, se inauguró la República de Cuba. En ese siglo los cubanos
sólo han vivido 34 años bajo la autoridad de gobiernos elegidos
democráticamente y 66 bajo diversas formas de compulsión autoritaria.
Los últimos 43, como se sabe, han sido los de la dictadura comunista
de Fidel Castro, la tiranía personal más larga que recuerda la
historia de Occidente. ¿Por qué este lamentable fracaso? ¿Por qué
los cubanos no pudimos crear una república democrática y pacífica?
En realidad, ése
es un objetivo muy difícil. Casi todas las sociedades fracasan una y
otra vez en la tarea de edificar un estado de derecho en el que las
relaciones de poder se sustenten en la racionalidad y en la
transmisión organizada y legítima de la autoridad. Los españoles,
que en 1873 restauraron la dinastía de los Borbones e inauguraron
una suerte de monarquía parlamentaria, en 1923 sufrieron un golpe
militar que, unos años más tarde, desembocó en la segunda república,
en la Guerra Civil y en la larga dictadura de Franco. Los
portugueses, que estrenaron su república en 1910, tuvieron que
esperar muchas décadas hasta gozar de los dones de la democracia.
Los franceses, que hicieron su revolución en 1789, estuvieron
definiendo y redefiniendo violentamente su modelo de estado hasta
casi un siglo más tarde, cuando, en 1870, la Guerra Franco-Alemana
liquidó el segundo imperio de Luis Napoleón. Incluso los ingleses,
inventores de la democracia moderna, padecieron casi doscientos años
de sangrientos conflictos, con decenas de miles de muertos, sin
exceptuar reyes y reinas decapitados, hasta que en 1689 lograron
colocar a los monarcas bajo el control del parlamento y sujetar a
todos los ciudadanos bajo el peso de la ley.
Ahí quería llegar.
Primero, es obvio que la creación de un estado de derecho
universalmente respetado siempre conlleva un largo y durísimo
periodo de aprendizaje. Y, segundo, la clave de la estabilidad
política en cualquier sociedad que aspire a guiarse por métodos
democráticos, radica en la sujeción voluntaria al imperio de la ley
de la clase dirigente y del conjunto de la ciudadanía. No se trata
de redactar una hermosa constitución que establezca derechos y
deberes. Los ingleses ni siquiera cuentan con una, mientras los
haitianos han promulgado más de veinte. El secreto está en que
prevalezca en el grupo la voluntad de respetar las leyes, de
castigar a quienes las violen, y la convicción de que nadie, por muy
poderoso o encumbrado que sea, está por encima de las reglas
aprobadas democráticamente. Es un problema de valores y principios,
no una cuestión política.
Por eso se hundió
Cuba. Los cubanos eran laboriosos y buenos creadores de riqueza.
Fueron capaces de echar las bases de uno de los países más
desarrollados y progresistas de América Latina, pero ni sus grupos
dirigentes ni el conjunto de la sociedad comprendían la delicada
naturaleza de un estado de derecho. Se burlaban las reglas
electorales, había un grado notable de corrupción y se disponía de
los recursos públicos para privilegiar a los partidarios. También
era un país violento en el que los alzamientos, las conspiraciones y
los asesinatos motivados por pasiones partidistas fueron bastante
frecuentes y profundamente desestabilizadores. Así las cosas, la
imagen de ''la política'' que se fue transmitiendo era terrible: una
actividad de gente inescrupulosa que buscaba el poder para
enriquecerse. De donde una buena parte de la ciudadanía dedujo una
peligrosa falacia: de esta lastimosa situación vendría a redimirla
un revolucionario honesto y justiciero. No la salvarían las
instituciones ni el respeto colectivo a la ley, sino la acción
enérgica de un caudillo excepcional.
Naturalmente, los
caudillos excepcionales lo único que consiguen es multiplicar los
males y los vicios que los han llevado al gobierno. En Cuba ya no
hay más ley que la del dictador, y todas las riquezas de la nación
están al servicio exclusivo de la clase dirigente, que las han
convertido en patrimonio del poder político. Las buenas casas, la
buena medicina, los viajes al extranjero, incluso la posibilidad de
estudiar en la universidad son privilegios de los ''revolucionarios''.
El que no quiera vivir miserablemente, tiene que callar y aplaudir.
Es posible, sin
embargo, que el doloroso fracaso de los cubanos constituya el punto
de partida de una república mucho más acogedora y pacífica, guiada
por principios democráticos, tan pronto como se liquide la dictadura
comunista. Parece que portugueses y españoles aprendieron su lección
tras las largas tiranías de Oliveira Salazar y Francisco Franco.
Probablemente, el mazazo de la Segunda Guerra transformó y
reorganizó radicalmente la tabla de valores y las percepciones
políticas de alemanes, japoneses e italianos. Los pueblos, como las
personas, aprenden de sus errores, crecen, maduran, y se ''curan''
de sus peligrosos entusiasmos con las soluciones basadas en la
fuerza y en la acción de los caudillos apostólicos. Los cubanos
hemos perdido triste, cruel e inútilmente los primeros cien años de
nuestra historia. Pero sospecho que hemos aprendido la lección.
Ojalá.
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