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Un Abismo llamado Obama
Octubre, 09 2008.
Cuando observo a las multitudes de jóvenes y a
algunos no tan jóvenes aclamar con vehemencia febril a este hombre
con un pasado celosamente guardado, un presente pletórico de
generalidades y un futuro plagado de promesas demagógicas confieso
que me asaltan la consternación y el terror. Alguna que otra noche
he soñado con aquella leyenda que me contó siendo yo niño mi abuela
Angelita sobre el Flautista de Hamelín. Un hombre siniestro y
vengativo que tocando una flauta mágica secuestró en el año 1284 a
130 niños de un pequeño pueblo alemán y los hizo desaparecer en una
cueva para castigar a sus padres que se habían negado a saldar una
deuda pendiente. Como el hombre de Hamelín, Obama hipnotiza con una
sinfonía verbal donde las palabras suenan bien pero no ofrecen
soluciones concretas. Despierto sudoroso y atemorizado mientras me
pregunto si quizás no fue por pura coincidencia que Obama hubo de
elegir a Berlín como escenario para lanzar su campaña presidencial a
nivel internacional. Y considerando que no existe cueva lo
suficientemente espaciosa como para albergar a toda la población de
los Estados Unidos, me pregunto si Barack Obama—siguiendo su lema de
“el cambio que necesitamos”—no habrá cambiado la cueva de la leyenda
por el abismo socio-económico del que nos advierten muchos eruditos
en este país.
SU CONFLICTO DE IDENTIDAD Y EL SECRETO DE SU PASADO.
Por otra parte, cualquiera que eche una mirada por una de las pocas
ventanas que tenemos hacia su pasado, sus propios libros, se dará
cuenta de que este hombre confronta serios conflictos de identidad
tanto en cuanto a su raza como a su religión. En su libro
autobiográfico “Dreams of my Father”, Obama escribe: “Me consolé
experimentando un inmenso sentido de animosidad e injusticia contra
la raza de mi madre”. Y en el mismo libro continua diciendo: “…Fue
en la imagen de mi padre, el hombre negro hijo de Africa, donde
deposité todos los atributos que deseaba para mí, los atributos de
Martin y de Malcolm, de Dubois y de Mandela.” El candidato que se
presenta como puente de concordia entre las razas muestra en estas
líneas con una claridad que no deja lugar a dudas donde está su
lealtad y el conflicto entre el Obama privado y el Obama que se nos
presenta en público.
Y en su otra obra, “The Audacity of Hope”, Obama lanza una
advertencia que no puede ser ignorada cuando dice: “Si se diera el
caso de que los vientos políticos soplaran en dirección peligrosa
estaré siempre al lado de los musulmanes.” La pregunta que surge es
si creemos a Obama cuando se define a sí mismo con sus propias
palabras o a los arquitectos de su campaña cuando repiten hasta la
saciedad que su candidato dejó su filiación musulmana, al igual que
su niñez, en las madrazas de Indonesia. Por otra parte, su pasado
mas reciente es casi imposible de penetrar. Organizaciones con los
cuantiosos recursos de Fox News no han sido capaces de descorrer el
velo de secreto que cubre su paso por las universidades de Columbia
y de Harvard, de su breve estancia en Nueva York y de su decisión de
establecer residencia permanente en Chicago. Los mismos obstáculos
se han presentado en los intentos por obtener copia de la tesis de
grado de la aspirante a futura primera dama, Michelle Obama.
CARÁCTER, JUICIO Y SENTIDO COMUN.
Los voceros de su campaña y aquellos representantes de la prensa que
se empeñan en pavimentar su camino a la Casa Blanca con una
bochornosa parcialidad afirman que lo importante es concentrarnos en
lo que ellos califican como temas centrales de la contienda
presidencial y rechazan cualquier alegación con respecto a sus
antecedentes nebulosos como un “asesinato de su carácter”. Estos
señores se niegan a reconocer que no puede haber tema más central ni
asunto más trascendental en una campaña política que el carácter, el
juicio y el sentido común del candidato que pide nuestro apoyo para
gobernar nuestros destinos. Sin esos atributos, bien podemos echar
las promesas en saco roto y, sin antecedentes sobre el pasado del
candidato, cambiar el voto por un boleto de lotería.
En el curso de nuestras vidas, muchos de nosotros hemos conocido y
tratado a personajes indeseables. Todo eso es excusable cuando esas
situaciones son la excepción de la regla. Pero, ¿cuantas excepciones
pueden repetirse antes de que la excepción se convierta en regla?
Ese es, en nuestra opinión, el caso de Barack Obama. A fuerza de
repetirse, la excepción se ha convertido en regla. Una simple ojeada
a la lista de sus relaciones y de las personas que en uno u otro
momento lo han apoyado en su vertiginosa ascensión al poder es
suficiente para causar motivos de preocupación.
Un organizador comunitario que se inspiró en las enseñanzas de Saul
Alinsky, quien en su obra “Rules for Radicals”, publicada en 1971
dijo: “El Príncipe fue escrito por Maquiavelo para instruir a los
poderosos sobre como aferrarse al poder. Este libro esta escrito
para enseñar a los desposeídos como arrebatarles ese poder.” Un
político que recaudó fondos para sus primeras campañas en la
residencia de un terrorista confeso como William Ayers y que
adquirió su residencia millonaria a un precio por debajo del valor
de mercado gracias a los manejos de un delincuente convicto como
Tony Resco. Un cristiano converso que dijo inspirarse en las
orientaciones de un pastor delirante como Jeremiah Wright, quién ha
acentuado su animadversión hacia los Estados Unidos acompañando a un
antisemita consumado como Louis Farrakhan en viajes a la Libia de
Kadafi y a la Cuba de los hermanos Castro. Y un candidato
presidencial que ofrece reunirse sin condiciones previas con
déspotas de la calaña de Ahmadinejad, Kim Il Sung o Raúl Castro no
puede hacer ostentación de carácter, estar en su sano juicio, ni
reclamar la más mínima dosis de sentido común.
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