Julio M Shiling
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Nació en La Habana,
Cuba. Es Director de Patria de Martí, analista político,
articulista, y Oficial Ejecutivo Principal (CEO) de Financial Concepts
of America, Inc. Tiene una Maestría en ciencias políticas
de Florida Internacional University (Miami, Florida, EE.UU.).
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Deporte y Política
Asistieron
un poco más de cuatro millones de personas. Los anfitriones
edificaron deslumbrantes estadios, dando cupo a toda
capacidad, a los enternecidos espectadores, provenientes de
todo el globo. La cúpula gobernante, elegidos
democráticamente, tampoco se perdió un evento. El mundo (al
menos la mayor parte) quedó seducido. Adicionalmente,
quedaron convencidos de que cualquier régimen capaz de
ambientar un magno-evento deportivo, como los Juegos
Olímpicos, de manera tan glamorosa, con exquisita
organización y seguridad, no eran meritorios de alegaciones,
hechas por algunos, de que era peligroso y malo. Aparte, ¿cuán
inicuo podía ser un sistema que tenía un promedio de
crecimiento económico del 15% anual, constructor de las
mejores carreteras del momento, ser una potencia en la
educación, los artes y el deporte, aglutinando, justo en la
mismas mencionadas Olimpiadas, la mayor cantidad de medallas?
Sin embargo, los XI Juegos Olímpicos sirvieron cabalmente
los nefastos intereses del nazismo, que causalmente, tanto
dolor inflijo al planeta. Ahora, 62 años después, el
comunismo chino en Pekín, o Beijing (como sus opresores la
han renombraron), acaban de trapacear la humanidad
nuevamente.
Los Juegos Olímpicos (sus organizadores, patrocinadores e
intereses concernientes) insistiendo en que sus encuentros
deportivos transnacionales cada 4 años son “apolíticos”, han
demostrado una olímpica ambivalencia moral, con la
politización del deporte que han practicado. Lo peor aún, es
el relativismo ético que han aguijado. Por supuesto que más
de un coro sobrará para replicar con el desgastado eslogan
que “el deporte (o la música o arte) no tiene nada que ver
con la política”. El problema con esa argumentación es que
para poder ser convincente, presupone del receptor, una
amplía ignorancia de, la política (particularmente sistemas
dictatoriales), competencias deportivas internacionales o
ambas. Apela a equívocos sentimentalismos que buscan
desprender al pensante de un serio análisis. En el nombre de
la pasión por el deporte, busca embriagar al humano,
desuniéndolo de la ética virtuosa de sancionar lo injusto y
rechazar lo inaceptable. El esterilizar la capacidad para
recriminar lo abominable, no es su único requerimiento.
Obliga también la nubosidad de facultades de raciocinio,
concurrentes con lo ocurrido.
Si existe un evento cultural, abarrotado de política, son
las Olimpiadas. Es insultante que te quieran convencer de lo
contrario. Antropológicamente, el evento desde su concepción
con los antiguos griegos hace más de 700 años antes de
Cristo, no se puede desligar de la política. El rescatador
de los juegos modernos, Pierre Baron de Coubertin,
precisamente reaccionando a un evento político, la Guerra
Franco-Prusiana, concordó el Comité Olímpico Internacional
en 1894. El pedagogo e historiador francés, deseó por medio
del deporte, apaciguar diferencias que antes se resolvieron
en el campo de batalla. Sueño admirable y colmado de
política.
Himnos y banderas son sólo algunos de los ejemplos que en la
superficie nos recuerda, de la politización inherente de
estos eventos. Visto exclusivamente así, nada tendría eso de
malo. Al contrario, hermoso es la efervescencia del
saludable nacionalismo que eventos como estos pudieran ser
capaces de producir. Unirían pueblos, regiones, hasta
pudieran allanar asperezas entre potencias rivales. Todo eso
lo pudiera lograr competencias deportivas internacionales.
Todo eso pudiera haber sido lo que Coubertin soñó. Pero el
idílico empeño de aquel comité resultó una quimera. Lo que
descarriló el proyecto intencionado: una hermandad de
pueblos compitiendo libremente con reglas unísonas del
encuentro deportivo; no fue la política en si, contemplada
de modo aislada. El maleante ha sido la tolerancia de una
política divorciada de un pudor moral que filtra y excluye
actividades políticas inadmisibles y la selectividad
ideológica que ha determinado su administración.
Las Olimpiadas reconocen, de facto, territorios políticos
físicos, no naciones. No hace distinción entre regímenes
socio-políticos. Tampoco lo hace con el ámbito
circunstancial que rodea los atletas participantes. Les
otorga a los comités de los respectivos países, la amplía e
igualitaria discreción para estructurar su formato deportivo.
O sea, un reconocimiento de “igualdad”, un level playing
field (terreno equitativo para jugar). Con eso argumentan,
que no practican la política. Sin embargo latente está,
detrás de este “entendimiento” de los organizadores de los
Juegos Olímpicos, primero, la doble moral ejercida y segundo
(y peor aún), la institucionalización de una fehaciente y
patética tradición de encubrir crímenes de lesa humanidad,
robustecer regímenes despóticos y promover la explotación
deportiva. En efecto, practicando una política cultural que
sirve sólo a las dictaduras más politizadas del mundo y sus
ambiciones.
Para evitar la repulsión del mundo democrático y atraer
favorable atención, estos magno-eventos deportivos
transnacionales, necesitan instituir una falsa equivalencia
moral y circunstancial. Pincelan una imagen del país
anfitrión, cuando son, como en el caso de las Olimpiadas del
2008 en China comunista, garrafalmente distorsionado. Lo que
se presenta es incompleto y completamente inconsistente con
la realidad. Ausencias de libertades básicas, garantías
civiles, jurisprudencia autónoma, se aguarda con el mismo
lamentable silencio, con que se oculta la abundante
represión, censura oficial, el genocidio en territorios
ocupados como el Tibet, los encarcelamientos en masa,
desalojos arbitrarias, todas actitudes que el régimen chino
comunista acciona incesantemente. Con 59 años de despotismo
comunista en funcionamiento, igual que con la incipiente
dictadura alemana de 1936, en China la inmoralidad de la
barbarie encubierta, queda embozado. La credibilidad que
recibe cualquier régimen, con ser anfitrión de un evento
como las Olimpiadas, es un efectivo mecanismo para hacer
desaparecer atrocidades, aún cuando están frescas. Le
concede una inmerecida respetabilidad en la comunidad de
naciones. Le obsequia un rostro “humano”. Hace invisibles
sus víctimas. Y en el caso de China roja, son muchas. Más de
60 millones según fuentes respetables. Algunos incrédulos o
apologistas de la dictadura comunista de Pekín (muchos con
enlaces comerciales en el gigante asiático), han querido
justificar el juicio de los organizadores olímpicos con el
guión de que la China de Deng y Jintao, no es la misma que
la de Mao.
Cuando en 1978, Deng Xiaoping instituyó en la República
Popular China una paulatina liberalización selectiva de la
centralizada economía china la llamó, “socialismo con
características chinas”. Para los que quieren leer sus
pronunciamientos y el razonamiento del astuto comunista (publicación
con el mismo título, cortesía del Partido Comunista Chino),
Deng no abandonaba los objetivos del marxismo-leninismo.
Sólo la metodología de cómo, de forma más efectiva, asistir
en la “lucha de clases” y llegar al nirvana comunista. Lo
cierto es que Deng no fue de todo original. El mismo Lenin
con su Nueva Política Económica, ya había reconfigurado las
doctrinas económicas del marxismo, 57 años antes, para
enfrentar la ineficiencia bolchevique (Stalin luego las
rescindió parcialmente). En China comunista los “cambios”
que redactó Deng han consistido en ajustes económicos, con
la retención del estado político marxista-leninista. O sea,
una dictadura represiva uni-partidista e ideológica, con
economía mercantilista. ¡Y por favor, no digan que lo hay en
China es capitalismo! Bajo ningún concepto lo es. Su
práctica económica procede del mercantilismo. La simple
empleomanía del mercado y sus instrumentos, el intercambio
comercial, inversiones extranjeras, y una tolerada propiedad
privada selectiva y concesionada, no equivale al capitalismo.
Los que contaron con que la modernización material en China
traería con ella la democracia, siguen esperando. Brilla por
su ausencia (y creo que no deberían de estar muy
esperanzados en que va a llegar). Que la China de hoy sea
diferente a la de Mao, es innegable. Como no es menos cierto,
que los EE UU que dejó Reagan es diferente a lo que fue bajo
Carter o Nixon (una mucho más próspera). Pero la analogía se
fisura en la seria cuestión de libertades civiles y
políticas. En la tierra de Lincoln, eso ha sido un incesante
constante, irrelevante de quienes gobiernan. Ese, en China,
no ha sido el caso. China está más materialmente abundante,
sí. Pero no es, ni mucho más libre ni democrática. El
fortalecimiento de la economía en la República Popular
China, ha servido para, no solamente proporcionar una mayor
cantidad de bienes de consumo para los chinos en las
ciudades principales (lo rural es otra cosa). La entidad que
controla cada minúsculo aspecto de la vida, el Partido
Comunista Chino, está hoy más fornido e institucionalizado
que nunca. Eso incluye el reino de Mao. Si la excusa moral
del Comité Internacional Olímpico para permitir que China
comunista hospedara los juegos del 2008, es la misma
fracasada premisa de que avances materiales en China son (o
serán) conducente a un proceso democratizador o si eso la ha
convertido en un lugar menos, éticamente inhóspito, han
errado, de nuevo.
La dádiva de autorizar el alojamiento, dentro de territorio
no-libre, de un súper evento como las Olimpiadas, no ha sido
el único lapso inescrupuloso de sus organizadores. Cuando el
Comité Internacional Olímpico rehúsa hacer diferenciación
entre países cuyos estructuras socio-políticos son
absolutistas, fomenta la permanencia dictatorial,
legitimando el opresivo régimen. Demuestra, adicionalmente,
una tácita aprobación de la dictadura o una abismal
incongruencia con los principios básicos de la competencia
deportiva. El deporte requiere libertad, y dentro de
prudentes y establecidos límites, alternativas, para que se
puedan equiparar. Un atleta, proveniente de un país donde se
practica la democracia, representa exclusivamente a su
nación (incluyendo la de la diáspora). Como en una
democracia hay alternativas y las libertades para escoger
entre alternativas, en el nombre de la pluralidad, los
equipos democráticos visten el uniforme patrio,
desvinculados completamente de consideraciones partidistas o
ideológicas de ningún tipo. Hay una clara distinción entre
culto a la “patria” y al régimen operante. En las
democracias, partidos y políticos, son un fenómeno dinámico,
donde las instituciones civiles y estatales resguardan el
ambiente para que individuos, en este caso, los atletas y
sus conciudadanos, puedan tener variantes criterios
políticos y actuar sobre ellas sin repercusiones. Eso no es
el unísono caso con los equipos que provienen de países no-democráticos,
particularmente, donde imperan esquemas totalitarias. Los
atletas que dictaduras socio-políticas permiten participar
en eventos deportivos (nacionales o internacionales), van en
representación, no de una nación per se, sino de un
movimiento político que desde el poder opera un régimen
dictatorial, y de acuerdo a su propia “legalidad”, son
convencionalmente la “nación”. O sea, en el caso del país
no-democrático y uni-partidista, “nación” y “régimen” (o
“revolución) son sinónimos. Este fenómeno, repito, está
anclado en las respectivas “constituciones” de las
dictaduras. No esconden su negatividad de darles a sus
ciudadanos (que incluye los atletas), ninguna separación
entre el sistema operante (movimiento/partido ideológico
exclusivo), la patria y ellos (las masas). Quiéranlo, o no,
son hechos partícipes.
Al no existir la normal separación entre gobierno y país,
los atletas que visten uniforme de un equipo que proviene
del orbe donde impera un régimen absolutista, son
convertidos, lamentable e injustamente, en representantes de
una dictadura. Este engendro queda validado por la
consistencia y vigorosidad con que cualquier régimen
totalitario, le niega la opción de participar en cualquier
función deportiva (o cultural en general) a un no-integrado.
La sumisión ideológica es un requerimiento. No es suficiente
la capacidad deportiva. Las dictaduras tienen su propia “moralidad”.
Es una que obliga del jugador una clara identificación con
el sistema. Esa son las reglas del juego en los regímenes
absolutistas. Uno de los artículos del Comité dice (entre
otras cosas) que las Olimpiadas se “opone” al abuso
“político” del deporte o los atletas. ¡Que incongruencia
moral!
La hipocresía y desaprensiva actitud del Comité
Internacional Olímpico se extiende en la doble moralidad que
ha ejercido. Para citar sólo algunos ejemplos, los equipos
de Sur África fueron, en 1972 y 1976, excluidos de
participar por su política de apartheid racial. La antigua
Rodesia (hoy Zambia y Zimbabwe), por razones similares,
también fueron suprimidos en 1972. Muy bien. Sin embargo,
los regímenes comunistas practican, despiadadamente y sin
cesar, el apartheid clasista, político, religioso y racial
(de facto). El Comité Internacional Olímpico, sin embargo,
ha permanecido silente ante esta discriminatoria e inhumana
práctica. La República China (más conocida como Taiwán) fue
proscrita de los Juegos en 1976. Su renuencia a cambiar su
nombre legal, bandera e himno, le ganó esa distinción. Pudo
volver en 1984. Pero sólo después que las exigencias del
Comité fueron adheridas. Se presentó la República China como
“Taipei China” y con una bandera “especial”. Y con rostro
serio, los responsables administrativos de las Olimpiadas
nos atestiguan, que ellos no hacen política.
Lo más lamentable de todo esto es, en lo que nos convierte
estos eventos. La magna-audiencia que captan ocasiones
televisivas como las Olimpiadas, en vez de servir el noble
propósito de hacernos ciudadanos del mundo más sensitivo al
sufrimiento ajeno, nos desensibiliza. Ahí en Pekín, a
cuadras de donde la espectacularidad del deporte se
vislumbraba y los aplausos saludaban a deportistas que tan
arduamente se habían esforzado, un estado policiaco gestiona
su inhumano control sobre la nación más populosa del mundo.
Cerca de esos estadios, donde tantas hermosas medallas se
repartieron, el genocidio contra el pueblo tibetano se
continúe ordenando. Atletas que visten uniformes
representando a naciones enteras, no se diferenciaron de los
que son convertidos en vasallos de dictaduras políticas y
simbolizaban regímenes oprobiosos. ¿Cómo se permite que
estos deportistas con la desdicha de provenir de territorios
no-libre, sean perseguidos y vigilado por fuerzas represivas
políticas todo el tiempo? A veces, incluso, habiendo más
agentes de represión que deportistas. Todo para evitar una
expresión no autorizada o el escape, hacia la libertad, de
desesperados atletas. Esta realidad, sin embargo, no se
trasmite y se pretende ocultar. El Comité ha determinado que
eso sería mezclar el deporte con la política. La elegante
fachada no es singularmente coreografiada por los
administradores de los Juegos. Tampoco se llevó a cabo sólo
con la ayuda adicional de las dictaduras concernientes,
cuyas esquemas doctrinales ha parecido, tradicionalmente,
excitar a algunos influyentes miembros del Comité.
Ciertos comerciantes del mundo libre, demostrado una aguda
ceguera y sordera moral, no dejaron de persuadirnos, con sus
anuncios y fanfarria extravagante, de que en la casa del
opresor asiático, todo andaba bien. Productores como la Coca
Cola, General Electric, Kodak, McDonald´s, Omega, Johnson
and Johnson, Visa y otros, costearon el encuentro en China
comunista, invirtiendo $866 millones. Prestaron su nombre y
prestigio (aparte del dinero) para patrocinar un evento que
se sabía que iba a generar (como lo ha hecho) millares de
arrestos, por esos inconformes de vivir en tiranía y
pensando, erróneamente, que la maldad del sistema declararía
una tregua, ya que habitaban en sus calles, innumerables
extranjeros. Penosamente, la eterna mancha de la complicidad,
será el precio justiciero que esos patrocinadores pagarán.
Al final, el circo de los comunistas chinos terminó. En la
Plaza de Tiananmen, el patético retrato de Mao, con la fija
mirada de una sádica Mona Lisa, continuará dejándole saber
al mundo, de que en China, la dictadura del proletariado
sigue en marcha. El Comité llevará, nuevamente, sus
competencias a otros lados y continuará su lamentable
servicio, dentro de su capacidad cultural, de abonar a la
preservación de sanguinarias dictaduras. Nosotros como raza
humana hemos quedado más incivilizados, gracias a estos
Juegos. Vamos perdiendo la virtud de sentir repugnancia
hacia ofendedores repugnantes. La indiferencia inunda la
civilización libre cada vez más y el tacto de la inquietud
moral, parece esfumarse con mayor frecuencia. Pudo haber
sido distinto. Pero hace tiempo los Juegos Olímpicos se
descarrío. Tal vez algún día las Olimpiadas recapacitará.
Ojala. Tendrían que ser intolerantes con la explotación
deportiva por parte de tiranías políticas e inflexibles en
el condicionamiento de que las reglas del juego, excluyan
jugadas sucias de gobernantes hacia los gobernados. Esto no
es cosa de juego. Deporte sin libertad, es mera manipulación
atada a los caprichos de un tirano y su sistema.
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