“A
nadie daña tanto el sistema proteccionista como a los
trabajadores”. “La protección ahoga la industria, hincha los
talleres de productos inútiles, altera y descalabra las
leyes del comercio, amenaza con una tremenda crisis, crisis
de hambre y de ira, a los países en que se mantiene”. Esto
no lo dijo Adam Smith ni Milton Friedman. Pero sí se
pronunció en el aproximado intervalo de tiempo de ambos
economistas, 1883 para ser exacto. Consecuente con el
acérrimo apego que sus principios e ideario tenían con la
libertad, José Martí claro dejó conocido su rechazo a
medidas gubernamentales que imponían aranceles y trabas al
comercio. El artículo “Libertad, ala de la industria” (La
América, septiembre 1883) no fue el único donde
exclamó el bolígrafo del Maestro, a favor del libre
intercambio comercial.
La
rígida postura de Martí partía, no de una abstracta y
romántica defensa de la libertad, que hubiera sido
comprensible dado su paradigmático talento de poeta. Si bien
consideraba que “…sin libertad, como sin aire propio y
esencial, nada vive”, el razonamiento del Apóstol de la
independencia cubana, no provenía de una ciega adulación a
lo libertino. Para defender el libre comercio exhibió un
discernimiento, modulado más por la fría, pero concreta,
racionalidad, que por afanes cargados de emociones y
divorciados de serio análisis económico (torpe proclividad,
ayer como hoy). Martí enunció la compleja temática, desde el
prisma de un “librecambista” (como se le llamaba en esos
días), por sus convicciones de que dicho sistema era el que
más engrosaba y mejor repartía la riqueza y el bienestar
nacional.
“Rebajar de una vez la tarifa, abarataría la vida del
obrero” (La Nación, 15 de julio, 1885). En otro
reportaje ensayista al gran diario bonaerense, su insigne
articulista en Nueva York, hizo eco del sector pro libre
comercio en la política norteamericana, al escribir,
“Rebájense-dicen los librecambistas-los derechos de
importación… póngase al país en condiciones verdaderas y
normales, que al comercio den fijeza, al obrero empleo
seguro y vida barata, y a los productos modo de competir con
sus rivales en los mercados extranjeros" (6 de junio, 1884).
Con claridad Martí veía, en un sistema extirpado de
imprudentes gravámenes proteccionistas, los obvios
beneficios para la sociedad, particularmente su sector menos
materialmente pudiente. Así, sin escaparse los detalles, el
Apóstol discursivamente captó el meollo del principal debate
económico de los EE. UU., en su día.
La
polémica traspasaba delineamientos partidistas. Tanto los
republicanos, como los demócratas, estaban fraccionados por
“proteccionistas” y “librecambistas”. “En cada caso”, anotó
Martí, “ha sido demostrado por los abogados de la fe
librecambista la injusticia moral y el daño pecuniario de
obligar a una nación tan vasta como ésta a vivir
estrechamente y a gran costo, por el mero beneficio del
escaso número de capitalistas y trabajadores que se ocupan
en la producción en territorio nacional a precios altos, de
artículos imperfectos, que toda la nación podría comprar
perfectos a precios bajos, traídos del exterior” (La
América, marzo de 1883). Señalando dos industrias
“protegidas” específicas, el Maestro capta el problema con
brillante precisión. “Parece que los intereses del hierro de
la Pennsylvania”, graba Martí, “y los de la lana de Ohio son
las causas principales de los trastornos y dilaciones hasta
hoy ocurridos; pero puede asegurarse que el elemento
proteccionista en general ha dominado, domina y dominará la
situación. Los partidarios de este sistema pretenden con
soñada supremacía, que si no fuera perjudicial a la par que
ridícula, podría ser soportable,-representar la voluntad, en
mayoría inmensa, de los cincuenta millones de habitantes que
componen el pueblo americano. Este sacrificio, sin embargo,
de las grandes masas populares al egoísmo de contadas clases
privilegiadas, no es la voluntad de la nación…” (La
América, marzo de 1883). Continúa el prócer cubano,
“…que el pueblo sabe que se le obliga a pagar $50 por un
vestido que podría venderse por $25 ó $30 si no existiera un
derecho ruinoso sobre el paño” (La América,
marzo de 1883). La argumentación de que el proteccionismo
sirve sólo para proteger a una casta minoritaria, a expensas
de la mayoría, fue finísimamente formulada por el
Apóstol.
Hallarán, si pretenden incluir a Martí en la comparsa
antiglobalización de hoy, un muro, impenetrable y
resistente. Esta inmutable realidad pone a prueba la
capacidad tergiversadora de los socialistas del Siglo XXI,
los castrocomunistas y otros frenéticos. Indudablemente, en
la Cuba que se acerca, recetas económicas abundarán. Ojalá
que la premisa que sostuvo el Maestro se le preste atención.
Bastante ha padecido Cuba de nociones absurdas.