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El Che Guevara y las cosas que hacen los Progres
La gran regla ética
sobre la que se ha edificado la escala de valores occidentales es la
obligación de tratar al prójimo como a uno mismo. Incluso, es
posible que esa urgencia de reciprocidad, piedra angular de todo
código moral, esté imbricada en la propia naturaleza humana (y en la
de otros primates, afirman los etólogos) y se transmite por medio de
nuestro código genético, como sospechan los especialistas. Yo no
puedo desear para el otro lo que no quiero para mí sin quebrantar
una norma moral básica. En todas las culturas existe un amargo
reproche para los hipócritas y los cínicos que nos recuerda
constantemente este principio.
Pero la regla es aún más amplia, trasciende nuestras acciones, y
debe condicionar nuestra capacidad de establecer juicios de valor.
En las viejas clases de aritmética los niños solíamos comprobar si
las divisiones y las multiplicaciones estaban bien hechas mediante
la llamada “prueba del nueve”. De una forma que en aquella época nos
parecía misteriosa, los números estaban sometidos a lo que los
maestros de entonces calificaban de “congruencia”. Probablemente, en
el terreno de los juicios morales ocurre más o menos lo mismo: la
opinión que tenemos sobre ciertos hechos concretos validan o anulan
nuestros juicios morales abstractos.
En efecto, lo que les da consistencia moral a nuestras valoraciones
éticas es la congruencia entre los principios abstractos que decimos
sustentar y la aplicación práctica de esos principios ante la
realidad. Si soy un enemigo de la pena de muerte y creo que debe
eliminarse de manera total, no puedo aplaudir el fusilamiento de los
criminales serbios o de mis adversarios. Si me opongo a la
discriminación de las personas por su raza, preferencias sexuales o
ideas políticas, no me es dable apoyar el apartheid sudafricano,
repudiar a un hijo o a un amigo homosexual o respaldar las
dictaduras de Pinochet o de Fidel Castro.
Acerquémonos a un caso concreto.
El caso del editorial de El País y Che Guevara
El 10 de octubre de 2007 el diario El País de España publicó un
editorial sobre el Che Guevara. El diario hacía una evaluación de
este singular personaje a los 40 años de que fuera ejecutado tras su
captura en combate por el ejército boliviano. Se tituló Caudillo
Guevara y el sentido último de quien lo redactara aparentemente, un
diplomático con gran experiencia era descalificar la validez de la
ética de fines. Todo demócrata realmente comprometido con el Estado
de Derecho y el respeto por los seres humanos tenía que suscribir la
ética de medios. No es verdad que el fin, por noble que sea,
justifica todos los procedimientos que se utilicen para alcanzarlo.
El conocido apotegma maquiavélico suele ser la coartada de los
peores criminales. Decía El País:
“El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la
disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración
y de elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo
largo de más de un siglo, grupúsculos de las más variadas
disciplinas ideológicas han pretendido dotar al crimen de un sentido
trascendente, arrebatados por el espejismo de que la violencia es
fecunda, de que inmolar seres humanos en el altar de una causa la
hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde
un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no
las comparta. Ernesto Guevara, el Che, de cuya muerte en el poblado
boliviano de La Higuera se cumplen 40 años, perteneció a esa
siniestra saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos
terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los
yihadistas, que pretenden disimular la condición del asesino bajo la
del mártir, prolongando el viejo prejuicio heredado del
romanticismo.
El hecho de que el Che diera la vida y sacrificara las de muchos no
hace mejores sus ideas, que bebían de las fuentes de uno de los
grandes sistemas totalitarios. Sus proyectos y sus consignas no han
dejado más que un reguero de fracaso y de muerte, tanto en el único
sitio donde triunfaron, la Cuba de Castro, como en los lugares en
los que no alcanzaron la victoria, desde el Congo de Kabila a la
Bolivia de Barrientos. Y todo ello sin contar los muchos países en
los que, deseosos de seguir el ejemplo de este mito temerario, miles
de jóvenes se lanzaron a la lunática aventura de crear a tiros al
"hombre nuevo".
Seducidos por la estrategia del "foquismo", de crear muchos Vietnam,
la única aportación contrastable de los insurgentes seguidores de
Guevara a la política latinoamericana fue ofrecer nuevas coartadas a
las tendencias autoritarias que germinaban en el continente. Gracias
a su desafío armado, las dictaduras militares de derechas pudieron
presentarse a sí mismas como un mal menor, cuando no como una
inexorable necesidad frente a otra dictadura militar simétrica, como
la castrista.
Por el contexto en el que apareció, la figura de Ernesto Guevara
representó una puesta al día del caudillismo latinoamericano, una
suerte de aventurero armado que apuntaba hacia nuevos ideales
sociales para el continente, no hacia ideales de liberación
colonial, pero a través de los mismos medios que sus predecesores.
En las cuatro décadas que han transcurrido desde su muerte, la
izquierda latinoamericana y, por supuesto, la europea, se ha
desembarazado por completo de sus objetivos y métodos fanáticos.
Hasta el punto de que hoy ya sólo conmemoran la fecha de su
ejecución en La Higuera los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o
los que invocan a Simón Bolívar en sus soflamas populistas”.
Ocho días después de publicado el editorial, la dirección de El País
se vio obligada a insertar la siguiente carta de protesta suscrita
por 250 redactores del periódico, cuyos nombres no aparecieron
consignados:
“La Redacción de EL PAÍS quiere mostrar su disconformidad con el
editorial titulado Caudillo Guevara, publicado el pasado día 10 de
octubre. Más de dos tercios de los redactores (250) consideran que
el texto publicado no abordaba en su totalidad la figura de un
personaje como el Che Guevara que, con sus luces y sus sombras, es
lo suficientemente compleja para haberla tratado como si no hubiera
una escala de grises.
El Estatuto de la Redacción contempla la posibilidad de discrepar de
un editorial siempre que se logren reunir las firmas necesarias, que
cifra en un mínimo de dos tercios de los redactores. En ejercicio de
este mecanismo de transparencia y democracia interna, único en la
prensa española, se ha habilitado este espacio para dejar testimonio
de nuestra discrepancia”.
Curiosamente, El País, un medio de comunicación, que, como todos,
sólo debe estar dedicado a informar, analizar y opinar únicamente
bajo la autoridad de la verdad, el sentido común y la congruencia
ética, había introducido en su reglamento interno una arbitraria
disposición (¿por qué dos tercios, y no la mitad más uno o cuatro
quintas partes?) que abría la puerta a que una mayoría calificada de
redactores pudiera imponer su criterio sin tener en cuenta los datos
objetivos y la coherencia moral de la posición adoptada por el
periódico. Teóricamente, las dos terceras partes de los redactores
también podían oponerse a la Ley de Gravedad o, como ocurre en
ciertas regiones del sur de Estados Unidos, a las teorías
evolutivas. Es lo que puede suceder cuando ciertos hechos o
situaciones se someten al método democrático, como si la aritmética
pudiera decidir sobre lo que es verdad o mentira.
¿Cómo podía El País condenar sin paliativos los atentados
perpetrados por los terroristas de ETA, sin matizarlos en una
“escala de grises” (por ejemplo, el factor nacionalista de los
asesinos, la indudable valentía y audacia que exhiben, o el hecho de
que sacrifican sus vidas en pos de un ideal), y, simultáneamente,
presentar al Che como un revolucionario cuyos crímenes merecían
cierto respeto y ponderación. El País, sencillamente, al enjuiciar
la figura del Che por medio del discutido texto, estaba siendo
coherente con su propia línea editorial en otros campos similares.
Si la ética de fines era abominable en el caso de los asesinatos de
la ETA, no podía ser justificable en el del Che, responsable de
centenares de crímenes perpetrados en nombre de la revolución
comunista[1]. En realidad, lo que los redactores estaban demandando
no era que el periódico balanceara el juicio sobre Ernesto Guevara,
sino que vulnerara su propia coherencia moral.
Por la otra punta del razonamiento, si esa abrumadora mayoría de
redactores estaba preocupada, realmente, por la supuesta falta de
balance del editorial, “como si no hubiera una escala de grises”,
¿por qué no había protestado de igual manera cuando el periódico
condenaba los asesinatos cometidos por los terroristas vascos o, por
ejemplo, cuando lo que se criticaba eran las torturas cometidas por
los soldados norteamericanos a los detenidos en la cárcel de
Guantánamo? Como ellos no ignoraban, es posible encontrar matices
atenuantes prácticamente ante casi cualquier hecho censurable que
analicemos, desde el asesinato de Federico García Lorca al de Ramiro
de Maeztu, y desde los crímenes de Hitler a los de Stalin.
La deconstrucción de Ernesto Guevara
No vale la pena contar, otra vez, la vida de Guevara. El propósito
de este ensayo es otro: utilizar sus acciones y afirmaciones para
construir una especie de test de coherencia moral. Hay, por lo
menos, tres buenas biografías del Che Guevara: la de Pierre Kalfon,
la de Jon Lee Anderson y la de Jorge Castañeda. Prefiero la de
Castañeda, que me parece más incisiva, pero los tres libros tienen
detrás una larga y meritoria investigación. Hay, también, otros dos
excelentes ensayos biográficos cargados de una inteligente
valoración crítica: La máquina de matar: el Che Guevara, de agitador
comunista a marca capitalista, escrito por Álvaro Vargas Llosa,
publicado en inglés por New Republic en noviembre de 2005, texto que
les abrió los ojos a muchos norteamericanos ingenuos, luego
reproducido en español en numerosos diarios del mundo, y Ernesto Che
Guevara de Fernando Díaz Villanueva, el joven e iconoclasta
historiador vinculado a Libertad Digital.
La lectura desapasionada de esos papeles, por mucho que sus autores
deseen conservar una distancia crítica del personaje, y a veces,
como sucede en algunas páginas de Anderson y Kalfon, hasta traten de
encontrar justificaciones a hechos que no las tienen, pone de
manifiesto la existencia de un ser humano profundamente autoritario
y violento, capaz de escribir que está “en la manigua (selva) cubana
vivo y sediento de sangre”[2], actitud, perfectamente congruente con
quien, en su adolescencia, le gustaba firmar su correspondencia con
el pseudónimo de Stalin II, o, como reveló recientemente su primo
Alberto Benegas Lynch, economista y pensador argentino en las
antípodas de su pariente: “muy de chico el Che se deleitaba con
provocar sufrimientos a animales”[3].
Pero, para entender a Ernesto Guevara, situémonos, primero, muy
brevemente, en su etapa de formación y veamos luego cuál fue su
desempeño. Provenía de una familia de la entonces muy próspera clase
media alta argentina, como pone de manifiesto la magnífica casa
para la época en que nació en la ciudad de Rosario. Ciertos
elementos de su carácter adolescente apuntan al desarrollo de una
personalidad con rasgos marcadamente neuróticos. Es muy desaseado y
le gusta vanagloriarse por ello. Además de autocalificarse como
Stalin, le divierte ser llamado cerdo (Kalfon). Cuando sale de los
ascensores siempre se empeña en dar el décimo paso con el pie
izquierdo (Benegas Lynch). Padece asma y, tal vez, de alguna manera,
su carácter se curte en la lucha contra esta enfermedad. Su primer
frente de batalla es su propio organismo. Es inteligente y propenso
al mundo de las ideas. Desde muy joven, nada raro en la Argentina de
su tiempo (“Braden el embajador americano o Perón” es el lema que
sacude al país), es seducido por el antiamericanismo y por las ideas
contrarias a la libertad económica. Estudia medicina, da muestras de
sentir un fuerte compromiso con las personas desvalidas leprosos,
por ejemplo, y recorre medio continente en moto, pero pronto se
decanta por la militancia política y se convierte en un joven de la
izquierda antiimperialista, como entonces se decía.
A mediados de la década de los cincuenta lo encontramos en la
Guatemala de Jacobo Arbenz, donde es testigo de uno de los
conflictos de la Guerra Fría librados en territorio
hispanoamericano. En 1954, tras un golpe orquestado por la CIA, el
coronel Arbenz, que había sido democráticamente electo, fue depuesto
y marchó al exilio. Washington contribuyó decisivamente a su
derrocamiento porque el presidente guatemalteco había adquirido
abundante armamento en Checoslovaquia y los comunistas eran muy
prominentes en su gobierno. Acabada de terminar la guerra de Corea,
y dentro de los códigos binarios de la época (con Estados Unidos o
con la URSS), desde la suspicaz pupila americana Arbenz “se había
pasado al enemigo”. Ese factor, además de la reforma agraria que
afectaba intereses norteamericanos, determinó que el presidente
Eisenhower diera la orden de sustituir a ese gobierno por otro mucho
más favorable a su país. La CIA se encargó de hacerlo.
Este episodio radicalizó tremendamente a Guevara y lo endureció de
una forma significativa, aunque lo vivió con una mezcla de
temeridad, diversión y pasión política, que se desprende de una
carta que le escribe a su madre: “Aquí (Guatemala) estuvo muy
divertido con tiros, bombardeos, discursos y otros matices que
cortaron la monotonía en que vivía”. Pero en una nota escrita a una
ex novia de la primera juventud lamenta que Arbenz no hubiese
exterminado a tiempo a unos cuantos enemigos: “Si se hubieran
producido esos fusilamientos, el gobierno hubiera conservado la
posibilidad de devolver los golpes”. Por eso, a fines de 1956,
cuando se adiestra junto a los exiliados cubanos en México, antes
del desembarco del yate Granma en la Isla, el Che es partidario de
la violenta intervención soviética en Hungría para aplastar el
levantamiento popular. Para él el sostenimiento de la dictadura
comunista, a cualquier costo, era más importante que el deseo de ser
libres que mostraban los húngaros[4]. “No sorprende agrega Vargas
Llosa, de donde saco la cita, que durante la lucha armada contra
Batista, y luego tras el ingreso triunfal en La Habana, Guevara
asesinara o supervisara las ejecuciones en juicios sumarios de
muchísimas personas: enemigos probados, meros sospechosos y aquellos
que se encontraban en el lugar equivocado en el momento equivocado”.
Se había vuelto un partidario fanático de la mano dura.
Para la historia de Cuba, esos sucesos guatemaltecos, más el
fortuito encuentro en México de Guevara con los hermanos Castro,
fueron decisivos. Esta experiencia centroamericana es lo que
precipita (no decide, sino acelera) el destino comunista y
prosoviético del gobierno. Fidel, Raúl y el Che, las tres personas
que en 1959 determinarían el rumbo del país, con Fidel como cabeza
indiscutible del trío al que todos se subordinan, deciden actuar muy
rápida y despiadadamente para atemorizar a la sociedad y no darle
tiempo a reaccionar. Provisionalmente, y por muy corto tiempo,
niegan que sean comunistas, pero dan todos los pasos en esa
dirección y secretamente comienzan a acercarse a Moscú para
plantearle un audaz quid pro quo: la vinculación de Cuba al campo
comunista a cambio de protección y ayuda frente a Estados Unidos.
Nikita Kruschev decide que es una buena propuesta. Si la URSS
razona está rodeada de bases norteamericanas, ¿por qué no darles a
los gringos un poco de su propia medicina?
El Che en el poder
Guevara comienza a ejercer el poder desde que manda una de las
columnas guerrilleras en la lucha contra Batista. En ese periodo el
suyo es sólo un poder militar. ¿Cómo se hace obedecer? Impone su
autoridad por dos vías: mediante la intimidación (personalmente
ejecuta a unas cuantas personas) y por el ejemplo. No tiene ni
acepta privilegios. Comparte todas las penalidades y riesgos con sus
soldados. Es notablemente valiente en los combates. Hace años le
pregunté a Dariel Alarcón Ramírez (Benigno)[5], uno de sus
lugartenientes en Sierra Maestra, y luego su compañero de aventuras
internacionales lo acompañó en las guerrillas de Bolivia y
sobrevivió y escapó milagrosamente, por qué obedecía ciegamente al
argentino, y la respuesta que me dio fue interesante. Se quedó
pensando un buen rato y luego me dijo: “yo creía que lo admiraba
mucho, pero con el tiempo comprendí que, en realidad, lo temía”.
Guevara había descubierto una de las claves del poder dentro de los
sistemas totalitarios: infundir miedo y ser implacable. Lo expresó
con toda claridad en su Mensaje a la Tricontinental de 1967,
definiendo cómo debe ser la actitud de un buen revolucionario: “El
odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que
impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte
en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Al
Che le gustaba ser una fría máquina de matar. Cuando relata cómo
asesinó en Sierra Maestra a un rebelde llamado Eutinio Guerra,
acusado de ser un agente de Batista, anota, simplemente, en su
diario: “Acabé con el problema dándole un tiro con una pistola
calibre 32 en la sien derecha, con orificio de salida en el temporal
derecho … sus pertenencias pasaron a mi poder”.
Después del triunfo, tras los primeros meses al frente de La Cabaña
una prisión militar asentada en una vieja fortaleza colonial
española, ejecuta o hace ejecutar a cientos de prisioneros. Sus
instrucciones a los fiscales y jueces son claras: “ante la duda,
mátalo”[6]. Terminado ese trabajo sucio, Fidel Castro lo convierte
en presidente del Banco Nacional de Cuba y luego en Ministro de
Industria. Su paso por ambos cargos es devastador. El peso cubano,
que durante décadas había mantenido la paridad con el dólar,
comienza a hundirse en medio de un creciente proceso inflacionario,
mientras la industrialización a marcha forzada que había prometido y
decretado, naufraga en medio de un terrible caos administrativo y
gerencial que incluye, entre otros disparates, la importación de
máquinas quitanieve. No obstante, con esa mezcla letal de arrogancia
y desconocimiento que caracterizaban al Che y a todos los dirigentes
revolucionarios personas, además, sin la menor experiencia
empresarial, se atreve a asegurar, en Uruguay, en 1961, que en 1980
el per cápita de los cubanos sería superior al de los
estadounidenses.
¿En qué basaba Guevara su optimismo? Primero, en la ignorancia. No
tenía la menor idea sobre cómo, realmente, se creaba o se destruía
la riqueza, pero quizás más graves eran sus absurdas convicciones
sobre la naturaleza humana. Guevara, como buen aprendiz de marxista,
creía que al desaparecer las viejas relaciones de propiedad,
mágicamente se modificaría la psicología profunda de los cubanos y
surgiría el hombre nuevo, una criatura desinteresada y generosa
capaz de trabajar con entusiasmo sin que mediara una remuneración
adecuada. De acuerdo con su visión, los verdaderos incentivos no
deberían ser de carácter material sino moral. Los cubanos
trabajarían incansable y eficazmente, sacrificando alegremente toda
compensación sustancial, a cambio del placer revolucionario de
construir un futuro maravilloso para gloria de la humanidad.
¿Pero hubo alguna vez un hombre nuevo en Cuba? Por supuesto: el
propio Guevara. Para él los incentivos materiales carecían de
atractivo. Por otra parte, estaba convencido de que ese rasgo de su
personalidad era el único que debería exhibir la especie humana.
Como un auténtico apóstol de la revolución, Guevara se percibía a sí
mismo como el arquetipo de lo que debía ser un revolucionario e
intentaba clonarse entre los que lo rodeaban. Les exigía que fueran
austeros, arrojados, y siempre dispuesto al sacrificio. Quien no
tenía esos atributos (o quien no sabía cómo simularlos) merecía su
desprecio y debía ser castigado, excluido o reeducado.
Guevara, además, era homofóbico, y suponía que el hombre nuevo no
podía tener otras preferencias que las heterosexuales, convencido de
que cualquier desviación homosexual, rezago de los viejos tiempos de
la corrompida burguesía, podía ser corregida con privaciones y
castigos severos hasta que se erradicara ese maligno comportamiento.
En consecuencia, a mediados de la década de los sesenta se crearon
unas unidades especiales de confinamiento y maltrato,
orwellianamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción
(UMAP), en las que internaron en campos de trabajo forzado a miles
de homosexuales, junto a otras personas que tenían el pelo largo u
otros rasgos “sospechosos” a los ojos de los celosos
revolucionarios, con el objeto de curarlos de esas enfermedades
sociales[7].
El Che vuelve a la batalla
¿Por qué Guevara abandonó rápidamente las responsabilidades de
gobierno y volvió a las actividades subversivas en otras partes del
mundo hasta que fue ejecutado en Bolivia en octubre de 1967? Tal
vez, en primer término, por la sensación de fracaso que debió haber
sentido como encumbrado funcionario de un régimen que se hundía en
el terreno económico. Era mucho más fácil dirigir un pelotón de
fusilamientos o atacar un cuartel que lograr un mínimo de eficiencia
en la dislocada economía de un país que en 36 meses liquidó a la
clase empresarial y le puso fin a la economía de mercado,
sustituyéndola por una variante colectivista de la planificación
centralizada, daño terrible al que se agregó, por recomendación del
propio Che, el fin de la contabilidad de costos, dado que esa vital
cautela administrativa, según el guerrillero argentino, era
innecesaria en el socialismo, lo que en poco tiempo acabó por
pulverizar las finanzas del país.
Se produjo, también, cierto distanciamiento entre el Che y Fidel por
culpa de las relaciones con la URSS, y esas fricciones contribuyeron
a alejar a Guevara de Cuba. El Che tenía algunos reparos ante la
Unión Soviética, pero no por el carácter represivo de Moscú, ni por
los atropellos imperiales que les infligía a los satélites, sino
porque el argentino parecía inclinarse más hacia el experimento
maoísta, en la medida en que los chinos siempre estaban dispuestos a
ayudar a los movimientos revolucionarios con armas y pertrechos,
mientras la URSS veía muchas de esas actividades como muestras de un
peligroso aventurerismo condenado al fracaso, más cercanas al putsch
que a una verdadera revolución marxista. Fidel, en cambio, prefería
el patrocinio más prudente de los soviéticos, y en su momento llegó
a tener un encontronazo público con Mao.
También debe haber pesado en el ánimo del Che su carácter de
condottiero moderno. De la misma manera que en 1954 se fue a la
aventura guatemalteca, y dos años más tarde a la cubana, más allá de
sus ideales comunistas, que sin duda los tenía, acaso había
descubierto su verdadera vocación en la lucha armada, como tantos
mercenarios que se enrolan en sucesivos conflictos por el íntimo
placer que les proporciona la emoción de la guerra y las constantes
descargas de adrenalina, sin ni siquiera detenerse a pensar en sus
responsabilidades como padre de una joven familia constituida en
Cuba, más la hija que había tenido con la peruana Hilda Gadea, su
primera mujer.
En todo caso, al Che pronto se le vio en el Congo organizando las
guerrillas, pero sin ningún éxito. El territorio africano le
resultaba extraño y ajeno, y los líderes a los que debía formar en
la lucha armada no resultaron peleadores y disciplinados, como él
deseaba, sino desorganizados, hedonistas y dados a la corrupción. Su
librito, Guerra de guerrillas, resultaba totalmente inútil en el
continente negro. Frustrado, fue entonces cuando el Che comenzó a
pensar en regresar a América, a un escenario que conocía mucho
mejor, mientras Fidel Castro, que prefería mantenerlo alejado de la
Isla[8], lo alentó a que siguiera ese camino. Más tarde, cuando la
pequeña expedición fue derrotada por el ejército boliviano, los
soldados ocuparon un diario de campaña, escrito con gran amargura,
en el que Guevara daba cuenta de su fracaso, y de cuya lectura
inevitablemente se deducía que desde el principio se trataba de un
plan totalmente disparatado. ¿A quién se le podía ocurrir que un
grupo de cubanos, junto a unos cuantos bolivianos, dirigidos por un
médico blanco argentino, carentes de cualquier expresión de arraigo
nacional, iban a convertirse en una fuerza política capaz de
congregar a Bolivia tras la bandera revolucionaria?
El Che y los progres
Vuelvo al origen de estas reflexiones: con semejante biografía,
¿dónde está el asidero moral o la línea lógica de argumentación para
que 250 redactores de El País hayan rechazado el editorial Caudillo
Guevara? Quienes firmaron esa carta no son muchachos confundidos y
deslumbrados con la foto de Korda, incapaces de saber si Guevara es
un cantante de rock o un actor de cine, sino profesionales bien
informados, presumiblemente comprometidos con la verdad, la libertad
y la democracia. Recapitulemos en seis aspectos fundamentales:
• Estamos ante una persona violenta dispuesta a asesinar con sus
propias manos o a ordenar la ejecución de cualquiera que le
pareciera un enemigo de la revolución (“ante la duda, mátalo”).
Alguien que tenía (o debía tener) sobre su conciencia dos centenares
de muertos, y a quien le parecía que un buen revolucionario debía
ser una “fría máquina de matar”.
• El objetivo declarado de Guevara para tratar de crear “un Vietnam,
dos Vietnam, muchos Vietnam” no era luchar por una humanidad más
justa, sinoreproducir en todas partes un mundo infinitamente más
injusto que el occidental: el modelo de sociedad maoísta o soviética
que tanto luto y dolor les trajo a los seres humanos.
• Apoyó la persecución y la reeducación forzosa de homosexuales,
creyentes religiosos y jóvenes aquejados por conductas extravagantes
como tener el pelo largo o escuchar música americana. Fue un
represor extremista y fanático a quien le parecía que la compasión
con el enemigo era una expresión de debilidad.
• Tenía e impuso ideas económicas absurdas que empobrecieron a los
cubanos terriblemente. Casi medio siglo después de su paso por el
Banco Nacional de Cuba y por el Ministerio de Industrias continúan
vigentes la libreta de racionamiento y la miseria. Ni siquiera hizo
el menor aporte serio al pensamiento político de la izquierda
comunista.
• Invocando unas ideas equivocadas y unos valores torcidos, fue un
pésimo padre de familia. Abandonó a su primera mujer e hija para
marchar a la aventura cubana. Abandonó a la segunda y a sus dos
hijos para dirigir las guerrillas en el Congo y luego en Bolivia,
donde perdió la vida.
• Ni siquiera fue un extraordinario estratega al que se pueda
reivindicar por su genialidad militar. Sólo tuvo éxito cuando peleó
bajo las órdenes de Fidel Castro.
¿Dónde están, pues, esas luces, esos grises que supuestamente debían
estar y no aparecen en el editorial de El País? ¿Que era un hombre
audaz hasta la temeridad? De acuerdo: los asaltantes de bancos y los
traficantes de droga también suelen serlo. ¿Que estaba dispuesto a
morir por sus ideales? Cierto: como Hitler, que resistió en el
bunker hasta el último minuto y luego se quitó la vida. ¿Que tenía
un fortísimo compromiso con una causa política y por ella estaba
dispuesto a entregar la vida? Naturalmente: como los etarras que
volaron un supermercado lleno de gente en Barcelona o como los
terroristas islámicos que asesinaron a decenas de españoles en la
estación de Atocha.
En realidad, si de algo sirve la figura del Che a estas alturas del
siglo XXI es para medir la integridad moral de las personas y su
coherencia ética. Nadie que se considere un verdadero demócrata,
respetuoso de la dignidad humana, puede invocar su ejemplo sin
incurrir en una grave y descalificadora contradicción. ¿Quién puede,
en cambio, ser genuinamente guevarista? Sin duda, las personas que
creen en las virtudes y ventajas de las sociedades totalitarias y
están dispuestas a admitir cualquier método para lograr
establecerlas, incluido el asesinato. ¿Cuántos de los 250 firmantes
de la carta de marras responden a ese perfil? Sospecho que no
demasiados. Tal vez una docena. ¿Por qué, en ese caso, se prestaron
a ello? No sé. Supongo que son cosas que hacen los progres.
ADDENDUM
El estudio más exhaustivo de la represión ejercida por la dictadura
castrista es el realizado por el economista Dr. Armando Lago con la
asistencia de María Werlau. El estudio (El costo humano de la
revolución social), todavía inacabado, puede examinarse en
www.CubaArchive.org Hasta el 31 de octubre de 2006 Lago y Werlau
habían documentado un total de 116.540 muertos, de los cuales 5.775
corresponden a ejecuciones, 1.231 a asesinatos extrajudiciales,
mientras calculan en 77.879 el número de balseros muertos o
desaparecidos. Las víctimas de directas o indirectas del Che Guevara
pasan de los dos centenares.
Ejecutados por el Che en la Sierra Maestra durante la lucha contra
Batista (1957-1958 )
1. Aristio - 10-57
2. Manuel Capitán - 1957
3. Juan Chang - 9-57
4. “Bisco” Echevarría Martínez - 8-57
5. Eutimio Guerra - 2-18-57
6. Dionisio Lebrigio - 9-57
7. Juan Lebrigio - 9-57
8. El ” Negro ” Napoles- 2-18-57
9. “Chicho ” Osorio - 1-17-57
10. Un maestro no identificado (“El Maestro”) - 9-57
11-12. Dos hermanos, espías del grupo de Masferrer -9-57
13-14 Dos campesinos no identificados-4-57
Ejecutados o enviados a ejecutar por el Che durante su breve comando
en Santa Clara ( 1-3 de enero de 1959)
1. Ramón Alba - 1-3-59**
2. José Barroso- 1-59
3. Joaquín Casillas Lumpuy - 1-2-59**
4. Félix Cruz - 1-1-59
5. Alejandro García Olayón - 1-31-59**
6. Héctor Mirabal - 1-59
7. J. Mirabal- 1-59
8. Felix Montano - 1-59
9. Cornelio Rojas - 1-7-59**
10. Vilalla - 1-59
11. Domingo Alvarez Martínez 1-4-59**
12. Cano del Prieto -1-7-59**
13. José Fernández Martínez-1-2-59
14. José Grizel Segura-1-7-59** ( Manacas)
15. Arturo Pérez Pérez-1-24-59**
16. Ricardo Rodríguez Pérez-1-11-59**
17. Francisco Rosell -1-11-59
18. Ignacio Rosell Leyva -1-11-59
19. Antonio Ruíz Beltrán -1-11-59
20. Ramón Santos García-1-12-59
21. Pedro SocarrásS-1-12-59**
22. Manuel Valdés – 1-59
23. Tace José Veláquez -12-59**
** Che firmó la pena de muerte antes de partir de Santa Clara.
Ejecuciones documentadas en la prisión Fortaleza de la Cabaña bajo
el comando del Che (3 de enero al 26 de noviembre del 1959)
1. Vilau Abreu - 7-3-59
2. Humberto Aguiar - 1959
3. Garmán Aguirre - 1959
4. Pelayo Alayón - 2-59
5. José Luis Alfaro Sierra - 7-1-59
6. Pedro Alfaro - 7-25-59
7. Mriano Alonso - 7-1-59
8. José Alvaro - 3-1-59
9. Alvaro Anguieira Suárez – 1-4-59
10. Aniella - 1959
11. Mario Ares Polo- 1-2-59
12. José Ramón Bacallao - 12-23-59**
13. Severino Barrios - 12-9-59**
14. Eugenio Bécquer - 9-29-59
15. Francisco Bécquer - 7-2-59
16. Ramón Biscet– 7-5-59
17. Roberto Calzadilla - 1959
18. Eufemio Cano - 4-59
19. Juan Capote Fiallo - 5-1-59
20. Antonio Carralero - 2-4-59
21. Gertrudis Castellanos - 5-7-59
22. José Castaño Quevedo - 3-6-59.
23. Raúl Castaño - 5-30-59
24. Eufemio Chala - 12-16-59**
25. José Chamace - 10-15-59
26. José Chamizo - 3-59
27. Raúl Clausell - 1-28-59
28. Angel Clausell - 1-18-59
29. Demetrio Clausell - 1-2-59
30. José Clausell-1-29-59
31. Eloy Contreras- 1-18-59
32. Alberto Corbo - 12-7-59**
33. Emilio Cruz Pérez - 12-7-59**
34. Orestes Cruz – 1959
35. Adalberto Cuevas – 7-2-59**
36. Cuni - 1959
37. Antonio de Beche - 1-5-59
38. Mateo Delgado-12-4-59
39. Armando Delgado - 1-29-59
40. Ramón Despaigne - 1959
41. José Díaz Cabezas 7-30-59
42. Fidel Díaz Marquina – 4-9-59
43. Antonio Duarte - 7-2-59
44. Ramón Fernández Ojeda - 5-29-59
45. Rudy Fernández - 7-30-59
46. Ferrán Alfonso - 1-12-59
47. Salvador Ferrero - 6-29-59
48. Victor Figueredo - 1-59
49. Eduardo Forte - 3-20-59
50. Ugarde Galán - 1959
51. Rafael García Muñiz - 1-20-59
52. Adalberto García 6-6-59
53. Alberto García - 6-6-59
54. Jacinto García - 9-8-59
55. Evelio Gaspar - 12-4-59**
56. Armada Gil y Diez y Diez Cabezas- 12-4-59**
57. José González Malagón - 7-2-59
58. Evaristo Benerio González - 11-14-59
59. Ezequiel González-59
60. Secundino González - 1959
61. Ricardo Luis Grao – 2-3-59
62. Ricardo José Grau - 7-59
63. Oscar Guerra – 3-9-59
64. Julián Hernádez -2-9-59
65. Francisco Hernández Leyva – 4-15-59
66. Antonio Hernández - 2-14-59
67. Gerardo Hernández - 7-26-59
68. Olegario Hernández - 4-23-59
69. Secundino Hernández - 1-59
70. Rodolfo Hernández Falcón – 1-9-59
71. Raúl Herrera -2-18-59
72. Jesús Insua-7-30-59
73. Enrique Izquierdo- 7-3-- 59
74. Silvino Junco – 11-15-59
75. Enrique La Rosa- 1959
76. Bonifacio Lasaparla- 1959
77. Jesús Lazo Otaño -1959
78. Ariel Lima Lago – 8-1-59- (Menor)
79. René López Vidal -7-3-59
80. Armando Mas – 2-17-59
81. Ornelio Mata- 1-30-59
82. Evelio Mata Rodriguez- 2-8-59
83. Elpidio Mederos -1-9-59
84. José Medina -5-17-59
85. José Mesa 7-23-59
86. Fidel Mesquía Díaz 7-11-59
87. Juan Manuel Milián - 1959
88. Jose Milián Pérez – 4-3-59
89. Francisco Mirabal – 5-29-59
90. Luis Mirabal - 1959
91. Ernesto Morales - 1959
92. Pedro Morejón – 3-59
93. Carlos Muñoz M.D.- 1959
94. César Nicolardes Rojas- 1-7-59
95. Víctor Nicolardes Rojas- 1-7-59
96. José Nuñez – 3-59
97. Viterbo O’Reilly – 2-27-59
98. Félix Oviedo – 7-21-59
99. Manuel Paneque – 8-16-59
100. Pedro Pedroso – 12-1-59**
101. Diego Pérez Cuesta - 1959
102. Juan Pérez Hernández – 5-29-59
103. Diego Pérez Crela - 4-3-59
104. José Pozo – 1-59
105. Emilio Puebla – 4-30-59
106. Alfredo Pupo – 5-29-59
107. Secundino Ramírez – 4-2-59
108. Ramón Ramos - 4-23-59
109. Pablo Ravelo Jr. – 9-15-59
110. Rubén Rey Alberola – 2-27-59
111. Mario Risquelme – 1-29-59
112. Fernando Rivera – 10-8-59
113. Pablo Rivero- 5-59
114. Manuel Rodríguez – 3-1-59
115. Marcos Rodríguez -7-31-59
116. Nemesio Rodríguez – 7-30-59
117. Pablo Rodriguez – 10-1-59
118. Ricardo Rodriguez – 5-29-59
119. Olegario Rodriguez Fernández-4-23-59
120. José Saldara – 11-9-59
121. Pedro Santana – 2-59
122. Sergio Sierra – 1-9-59
123. Juan Silva – 8-59
124. Fausto Silva – 1-29-59
125. Elpidio Soler- 11-8-59
126. Jseús Sosa Blanco – 2-8-59
127. Renato Sosa- 6-28-59
128. Sergio Sosa – 8-20-59
129. Pedro Soto – 3-20-59
130. Oscar Suárez – 4-30-59
131. Rafael Tarrago – 2-18-59
132. Teodoro Tellez Cisneros- 1-3-59
133. Francisco Tellez-1-3-59
134. José Tin- 1-12-59
135. Francisco Travieso -1959
136. Leonrardo Trujillo – 2-27-59
137. Trujillo - 1959
138. Lupe Valdéz Barbosa – 3-22-59
139. Marcelino Valdéz – 7-21-59
140. Antonio Valentín – 3-22-59
141. Manuel Vázquez-3-22-59
142. Sergio Vázquez-5-29-59
143. Verdecia - 1959
144. Dámaso Zayas -7-23-59
145. José Alvarado -4-22-59
146. Leonoardo Baró- 1-12-59
147. Raúl Concepción Lima - 1959
148. Eladio Caro – 1-4-59
149. Carpintor - 1959
150. Carlos Corvo Martíenz - 1959
151. Juan Guillermo Cossío - 1959
152. Corporal Ortega – 7-11-59
153. Juan Manuel Prieto - 1959
154. Antonio Valdéz Mena – 5-11-59
155. Esteban Lastra – 1-59
156. Juan Felipe Cruz Serafín-6-59**
157. Bonifacio Grasso – 7-59
158. Feliciano Almenares – 12-8-59
159. Antonio Blanco Navarro – 12-10-59**
160. Albeto Carola – 6-5-59
161. Evaristo Guerra- 2-8-59
162. Cristobal Martínez – 1-16-59
163. Pedro Rodríguez – 1-10-59
164. Francisco Trujillo- 2-18-59
** El Che firmó la sentencia de muerte, pero la ejecución se efectuó
luego de que dejara su comando.
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[1] Al final del trabajo se adjunta una lista de las personas
directa o indirectamente ejecutadas por el Che y las fechas en las
que fueron eliminadas. Son cerca de 200. También se incluye una nota
introductoria que resume el número de víctimas mortales a lo largo
de medio siglo de dictadura.
[2] Carta a su primera esposa, Hilda Gadea, escrita desde suelo
cubano durante la lucha contra Batista.
[3] El artículo se titula Mi primo el Che, publicado en La Nación de
Buenos Aires fue ampliamente reproducido. Puede leerse en la página
web del Independent Institute.
[4] Testimonio del comandante Jaime Costa, ex expedicionario del
Granma y luego preso político del castrismo durante muchos años.
Vive exiliado en Miami.
[5] Exiliado en París desde los años noventa. Escribió un libro
importante sobre su vida y relaciones con Guevara: Memorias de un
soldado cubano. Vida y muerte de la revolución. Tusquets, Barcelona,
1997.
[6] Citado por Álvaro Vargas Llosa.
[7] Además de los homosexuales o de jóvenes acusados de conductas
extravagantes por el largo de su cabello o por las ropas que usaban,
muchos creyentes, católicos, protestantes y Testigos de Jehová
fueron también internados en los campos de trabajo. Entre las
personas hoy más conocidas que pasaron por esa experiencia están el
cardenal Jaime Ortega Alamino y el cantautor Pablo Milanés.
[8] Este es un aspecto en el que coinciden prácticamente todos los
biógrafos serios, incluidos los mencionados en este trabajo. Más
aún, hoy se cree que la famosa carta de despedida del Che es
apócrifa y fue redactada por Fidel Castro, y públicamente divulgada
por el cubano con el objeto de cerrarle la puerta de regreso a la
Isla.
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