|
1901: Cuba entre la anexión y
la república
Entradillas
En 1901
nadie sabía exactamente cuál era la intención del gobierno de
Estados Unidos con relación a la Isla.
Existía
un elemento extremadamente debilitador: la ausencia de un liderazgo
indiscutible en las filas cubanas independentistas. Muertos Martí,
Maceo y Calixto García -este último durante una visita oficial a
Washington en 1898-, y Máximo Gómez decidido a inhibirse, la
jefatura de los demás jefes insurrectos era intensamente discutida.
*
La «Resolución
Conjunta» impedía, ciertamente, que Cuba -como ocurrió con Puerto
Rico y Filipinas- fuera convertida en una colonia manu militari,
pero no que los cubanos, libremente, por su propia decisión -pensaban
los anexionistas-, motivados por la gratitud, la defensa de sus
intereses económicos y el temor al caos a que podía conducir el
autogobierno, solicitaran integrarse en el poderoso estado vecino.
*
Sucedió una
tremenda ironía: tras el proceso de institucionalización impulsado
por la intervención norteamericana, acaso como paso previo a una
probable anexión de Cuba, esa posibilidad se desvaneció casi
instantáneamente.
En 1901 una
palabra clave podía definir el estado de ánimo general de los
cubanos: incertidumbre. Nadie sabía exactamente cuál era la
intención del gobierno de Estados Unidos con relación a la Isla. ¿Quería
anexionarla a la Unión por su ya entonces gran peso azucarero, como
aseguraba el senador Morgan? O, por el contrario, ¿se sujetarían los
norteamericanos a la «Enmienda Teller» o «Resolución conjunta» -cámara
y senado- de abril de 1898, suscrita como prólogo a la guerra entre
Washington y Madrid, por la que se consignaba que Cuba tenía derecho
a ser libre e independiente? Pero si inquietante era ignorar los
ocultos designios americanos, complicados con señales
contradictorias emitidas por funcionarios y políticos que no se
ponían de acuerdo, más grave aún era desconocer cuál era, realmente,
la voluntad de los propios cubanos.
En efecto, nadie
sabía con razonable precisión lo que pensaba la mayoría de los
cubanos. No había técnicas para encuestar la opinión pública, y las
viejas categorías de «autonomistas» e «integristas» se habían
oscurecido tras la experiencia brutal de la última guerra. En 1901
las opciones vigentes eran la independencia -la más obvia-, o la
anexión a Estados Unidos, tácitamente desechada por ambas partes
tras la Guerra Civil norteamericana, pero súbita y confusamente
revivida tras la intervención de la Unión en el conflicto cubano. No
obstante, el sentido común y la simple observación transmitían
cierta información: parecía que los propietarios y las personas más
acaudaladas eran partidarios de la anexión de Cuba a Estados Unidos,
objetivo en el que coincidían con los españoles avecindados en la
Isla, quienes veían en estos vínculos una garantía a sus vidas y
propiedades.
Por otra parte,
daba la impresión de que los criollos blancos educados, los
campesinos de todas las razas y los negros y mulatos de las zonas
urbanas, mayoritariamente preferían la independencia, aunque es
probable que ese sentimiento nacionalista no estuviera uniformemente
implantado en toda la Isla. En el occidente, La Habana incluida,
siempre existió una cierta desconfianza frente a la capacidad de los
cubanos para ejercer plenamente la soberanía -de ahí el notable
éxito de la fórmula «autonomista» en la región-, mientras que en el
oriente del país predominaban las tendencias separatistas.
Sin liderazgo ni
legitimidad
La falta de un
claro consenso nacional sobre la naturaleza del Estado que estaba a
punto de gestarse -o de abortar- iba acompañada de otro elemento
extremadamente debilitador: la ausencia de un liderazgo indiscutible
en las filas cubanas. Muertos Martí, Maceo y Calixto García -este
último durante una visita oficial a Washington en 1898-, Máximo
Gómez decidido a inhibirse -«los hombres de la guerra son para la
guerra, los de la paz para la paz»- y ásperamente enfrentado a
numerosos militares cubanos, ninguno de los jefes del Ejército
Libertador contaba con el respaldo abrumador de los soldados
rebeldes y mucho menos de la vacilante sociedad civil cubana.
Más aún: entre las
disposiciones del Partido Revolucionario Cubano, gestor del ejército
mambí, estaba la de disolver esa fuerza militar una vez obtenida la
victoria. Así que en el momento en que Estados Unidos pidió el
licenciamiento de las tropas cubanas, lo que comenzó a discutirse
fue cómo hacerlo, cuánto había que pagarles a los soldados -muchos
de ellos pobres hasta la indigencia-, y el monto dispuesto a prestar
para hacerle frente a esta masiva desmovilización de algo más de
treinta mil rebeldes. Finalmente, tras unas humillantes discusiones,
la suma acordada fue de tres millones de dólares, muy inferior a los
diez solicitados, lo que añadió una gran dosis de amargura entre los
frustrados ex combatientes.
En el terreno
político ocurría algo parecido. Los estatutos del Partido
Revolucionario Cubano indicaban la disolución de la institución tan
pronto como la guerra fuera ganada, cosa que también sucedió de
manera casi natural. Martí, creador del PRC, en su celo por evitar
el surgimiento del caudillismo o del militarismo, y obsesionado por
la historia de abusos y atropellos cometidos en toda América tras el
advenimiento de las repúblicas, quiso ahorrarles esos conflictos a
los cubanos, pero en sus cálculos no entró que la derrota de España
sería a manos de otra potencia imperial, lo cual dejaba a los
independentistas sin un cauce natural para aspirar al poder.
En 1898, tras el
fin de la guerra, sólo quedó una débil estructura capaz de insinuar
la jerarquía de los independentista: el Gobierno de la República de
Cuba en Armas, presidido por el general Bartolomé Masó, pero su
oportunidad histórica se había esfumado varios meses antes, sin que
nadie lo advirtiera, cuando el Congreso americano ignoró una
declaración de reconocimiento oficial propuesta por el senador
Joseph Benson Foraker -uno de los más sagaces críticos del jingoísmo
imperialista-, optando este parlamento por la más vaga «enmienda
Teller».
Carente de la
fuente de legitimidad defendida por Foraker, con el ejército mambí
desmantelado y el Partido Revolucionario Cubano disuelto, el «gobierno
de Masó» no pasaba de ser una fantasmagórica entelequia que no tenía
otro peso específico que el de las biografías de tres de sus más
distinguidos integrantes: el propio Masó -un hombre enérgico,
difícil, que había tenido sus encontronazos con Maceo-, Domingo
Méndez Capote, vicepresidente, y José B. Alemán, Secretario de
Guerra.
Anexionistas e
independentistas
¿Por qué la
administración de McKinley, tras la explosión del Maine y cuando
parecía inevitable la guerra con España, se había negado a reconocer
al Gobierno de la República de Cuba en armas? Seguramente, para
dejar entre abierta la puerta de la anexión. Pero, si ése era el
propósito oculto, ¿por qué se había aprobado la Enmienda Teller que
declaraba que Cuba tenía el derecho a ser libre e independiente?
Nadie puede asegurarlo, pero probablemente la mejor conjetura es
ésta: porque la clase dirigente norteamericana estaba profundamente
dividida en cuanto a los objetivos de la intervención en Cuba,
brecha que muy hábilmente aprovechó el lobby independentista de los
exiliados cubanos, asesorado por el abogado Horatio Rubens, el amigo
de Martí, para arrancarle al congreso un compromiso formal que
garantizaba el derecho a la independencia. Los anexionistas pudieron
evitar la declaración de Foraker, pero, sin demasiado entusiasmo
debieron admitir la de Teller.
Había en
Washington genuinos partidarios de la independencia -como el senador
Foraker-, y había «halcones» como Teddy Roosevelt que esperaban que
la Isla fuera anexada a Estados Unidos, tal y como se había hecho
con Hawaii, precisamente en 1898. En todo caso, la «Resolución
Conjunta» no cancelaba totalmente la posibilidad de la anexión.
Hacía medio siglo, los texanos, antes de pedir su incorporación a la
Unión, habían pasado por el expediente de crear una fugaz república.
Los cubanos, pues, que en su momento habían copiado la bandera de la
estrella solitaria de la república texana, podían ejercer su
soberanía de la misma manera. La «Enmienda Teller» impedía,
ciertamente, que Cuba -como ocurrió con Puerto Rico y Filipinas-
fuera convertida en una colonia manu militari, pero no que los
cubanos, libremente, por su propia decisión -pensaban los
anexionistas-, motivados por la gratitud, la defensa de sus
intereses económicos y el temor al caos a que podía conducir el
autogobierno, solicitaran integrarse en el poderoso estado vecino.
Eso era lo que en
el bando anexionista norteamericano, dirigido por el Secretario de
Estado Elihu Root, un brillante político y diplomático, predecían
que ocurriría. De ahí que antes del triunfo los norteamericanos le
negaran el reconocimiento oficial al gobierno de Masó, y luego de la
derrota española hicieran lo mismo con la Asamblea organizada por
los mambises como órgano representativo de los insurrectos: la
estrategia de Washington consistía en no fortalecer las estructuras
independentistas y no provocar un drástico cambio de mando.
Convocatoria a
elecciones
Para lograr sus
propósitos los norteamericanos tenían que hilar muy fino. Primero
debían crear un gobierno local, pero con las facultades mermadas, de
manera que fuera posible la absorción cuando llegara su momento.
Para conseguir el objetivo inicial ordenaron la celebración de unas
elecciones municipales seguidas de otra consulta popular encaminada
a escoger a un grupo de cubanos que debería redactar una
constitución que serviría de base al Estado que pronto cobraría
forma. Para obtener el segundo objetivo, le colocarían ciertos
límites al ejercicio soberano de ese Estado: la posteriormente
famosa «Enmienda Platt», obligatoriamente colocada como apéndice a
la constitución como condición sine qua non para poner fin a la
ocupación norteamericana. O los cubanos la aceptaban o los
norteamericanos no se iban. A regañadientes, entre los
constituyentistas cubanos prevaleció el espíritu de los posibilistas
y la enmienda fue admitida.
Es verdad que
existía en Washington un legítimo temor a que los cubanos no fueran
capaces de administrar el país correctamente -lo que colocaba a los
norteamericanos en una situación difícil dados los acuerdos del
Tratado de París que garantizaba la vida y la hacienda de los
españoles-, y no era incierto que se temía al apetito imperial de
poderes europeos como el alemán y el británico, entonces embarcados
en una política exterior muy agresiva cuyos colmillos ya se veían en
el Caribe, pero el propósito de fondo, nunca confesado abiertamente,
era otro: crear en la Isla, de hecho, una especie de protectorado
que pudiera evolucionar sin traumas hacia el ámbito soberano de
Estados Unidos. En una correspondencia confidencial del general
Leonardo Wood, jefe militar norteamericano en Cuba, a Theodore
Roosevelt, entonces vicepresidente americano, estas intenciones se
manifiestan con absoluta claridad: «Lo principal ahora es establecer
el Gobierno cubano. Nadie lo ansía más que yo, siempre que lo sea de
modo que resulte duradero y seguro hasta el momento en que el pueblo
de Cuba desee establecer relaciones más íntimas con los Estados
Unidos».
Más claro, ni el
agua, pero el tiro salió por la culata. Paradójicamente, estas dos
directrices del gobierno militar -la convocatoria a elecciones
municipales y a una asamblea constituyente- pusieron en marcha una
dinámica política que haría imparable el advenimiento de la
República y consolidaría la tendencia independentista de forma
inequívoca. En efecto, el proceso electoral para escoger alcaldes y
autoridades locales (16 de junio de 1900), seguido de la disposición
militar que ordenaba unos comicios para seleccionar a los miembros a
la Convención Constituyente (15 de septiembre del mismo año),
tuvieron como resultado la inmediata vertebración de los primeros
partidos políticos cubanos y la legitimación de una clase dirigente
que, casi toda salida de la guerra de independencia, pero con
espacios generosos conquistados por los autonomistas, contaba ahora
con la autoridad que otorgaba la democracia. La Enmienda Platt, por
su parte, sirvió para galvanizar la corriente nacionalista y para
darles nuevos bríos a los decaídos ímpetus independentistas. Por
primera vez cientos de cubanos se lanzaron a las calles gritando una
consigna impensable pocos meses antes: «¡No a las carboneras!». Se
referían a las bases de aprovisionamiento de carbón que los
norteamericanos exigían crear en suelo cubano.
Partidos
políticos y tendencias
Dos fueron los
candidatos que, inicialmente, pensaron optar por la primera
magistratura. Uno, tal vez el más predecible, era el general
Bartolomé Masó, último presidente de la república en armas,
combatiente desde 1868, y el otro, Tomás Estrada Palma, maestro en
Estados Unidos, cuáquero, también ex presidente de Cuba en la
manigua, pero durante la Guerra de los Diez Años, y presidente del
Partido Revolucionario Cubano por recomendación de José Martí, quien
lo tenía en alta estima.
¿Qué separaba a
ambos hombres en el terreno ideológico? Probablemente la actitud
ante la Enmienda Platt. A Masó, como a muchos cubanos, le parecía
una intolerable mutilación de los atributos soberanos de la naciente
república. Estrada Palma, en cambio, la percibía como un
inconveniente poco sustantivo. Al fin y al cabo, las limitaciones
impuestas al país podían ser humillantes en un plano subjetivo, pero
en modo alguno lo perjudicaban, salvo que Estados Unidos se viera
envuelto en una guerra internacional y ello arrastrara a los cubanos
al conflicto. Por otra parte, mientras Masó parecía confiar en la
capacidad de los cubanos para el autogobierno, Estrada siempre tuvo
serias sospechas, como se vería varios años más tarde, en 1906,
cuando Don Tomás, ya presidente, le pediría a Roosevelt una nueva
intervención norteamericana encaminada a sofocar una rebelión que
tomaba las características de una verdadera guerra civil.
La gran ironía
Los primeros
partidos políticos tomaron el nombre de «Nacional» y «Republicano»,
pero casi inmediatamente se fragmentaron en agrupaciones regionales
dirigidas por caudillos locales, alguno de ellos, como era el caso
de José Miguel Gómez, líder en Las Villas, santificado tanto por su
historial militar como por la predilección norteamericana que lo
había puesto al frente de esa provincia durante la ocupación militar.
Curiosamente, tanto Masó como Estrada tuvieron el apoyo de grupos
separatistas y autonomistas, aunque el primer partido clasista que
conoció la nación, el pequeño pero activo Partido Popular Obrero de
Diego Vicente Tejera, respaldó resueltamente la candidatura de Masó.
De una manera todavía muy vaga e imprecisa, el voto sociológico de
lo que hoy llamaríamos «derecha» prefirió a Estrada y el de la «izquierda»
a Masó.
Cuando la
candidatura de Estrada comenzó a despegar, especialmente tras el
apoyo militante de Máximo Gómez, que salió a hacer campaña por «Tomasito»
a lo largo de toda la Isla, y ante la creación de una Junta
Electoral en la que sus hombres no participaban, Masó, después de
acusar a los Estados Unidos de parcialidad y de preferir a Estrada
-en lo que seguramente no le faltaba razón-, decidió retirarse del
proceso y dejar a su contendiente como candidato único, pese a que
éste ni siquiera se había molestado en viajar a la Isla todavía.
Finalmente, el 31
de diciembre de 1901, los cubanos concurrieron a las urnas para
elegir a sus gobernantes. El país tenía un millón y medio de
habitantes, de los cuales sólo un tercio -entonces las mujeres no
sufragaban- podía ejercer ese derecho. Estrada Palma ganó
holgadamente, pero más de cincuenta mil cubanos votaron en su contra
y más de cien mil se abstuvieron de acudir a las urnas. Una cosa,
sin embargo, sí estaba clara y no deja de constituir una tremenda
ironía: tras el proceso de institucionalización impulsado por la
intervención norteamericana, la anexión había dejado de ser una
opción posible. La nación cubana ya tenía todos los elementos que le
permitían convertirse en un estado independiente: la voluntad
mayoritaria de la población, la cultura compartida, la historia
común, los mitos, los héroes, los símbolos. Sólo faltaba la
aparición de los líderes y el establecimiento de los cauces para
transmitir la autoridad. Todo eso brotó casi por carambola en el
angustioso año de 1901. Varios meses más tarde se inauguraría la
república.
www.firmaspress.com | | |